martes, 22 de marzo de 2011

¡UN VASO DE AGUA PARA LA TRAVESÍA DEL DESIERTO DE LA VIDA Y DEL MUNDO!

Para los que se imaginan a un Cristo supermán, lejano y mirando desde arriba a los mortales, hoy San Juan nos presenta a un Cristo cansado, sediento, que tiene que sentarse en el brocal de un pozo, esperando quién le socorra para saciar su sed. Pero aunque pedirá agua para saciar su sed física, ya tiene otra agua que ofrecerá a quien se compadezca de él. Y fue una mujer. Ella pudo cambiar su vida en atención al trago de agua que pudo darle. El hecho ocurrió cuando Cristo pasaba por Samaria, una tierra entre Galilea al norte y Judea al sur, y aunque sus moradores eran de la misma raza que los judíos, desde cinco siglos antes eran considerados enemigos, porque habían tenido dioses paganos y habían edificado un templo en Garisim, con un culto entre pagano y judío, que era la competencia del templo en Jerusalén. En su conversación con la mujer, Cristo tendría que romper muchas barreras, pero ante todas ellas se mostró espléndidamente libre. En primer lugar, estaba la dualidad de religión, pues aquella mujer era marcadamente nacionalista y consideraba a los judíos como sus enemigos. Luego, la segunda barrera a vencer era la del culto, pues ella consideraba el único lugar para adorar a Dios, el suyo, contra los judíos que afirmaban que era Jerusalén y finalmente, otra barrera a vencer era el hecho mismo de que ella era mujer y él era hombre.
Cuando pide de beber a la mujer, ella se muestra reacia, renuente, pero Cristo va de tal manera llevando las cosas, que al final ella le pide el agua que Cristo ofrece y que es una agua límpida, cristalina, espiritual, que no se parece en nada al agua batida de aquel pozo donde bebían por igual los hombres y los animales. Cristo le habla de un agua que se convierte en el interior del hombre en un manantial de agua viva capaz de dar la vida eterna a quien se la pida. Las cosas llegaron a tanto, que aquella mujer, convencida de la veracidad de Cristo, cuando éste la invita a despojarse de su falsa modestia, ella, descubierta, en lugar de avergonzarse, va corriendo a anunciarle a su pueblo que por fin había encontrado a alguien que le hablara con la verdad y todo el pueblo en masa, vino a ver a Jesús, lo oyeron y le dijeron a la mujer que ya no creían por lo que ella les había dicho sino porque ahora ellos mismos habían encontrado a Jesús.
Hoy, para nosotros, en este desierto y en la aridez de nuestro mundo, sediento de verdad, de justicia y de amor, Cristo se sigue acercando a cada uno de nosotros y nos sigue invitando a socorrerle, “dame de beber” y desde lo alto de la cruz sigue apremiándonos: “Tengo sed”. Solo nosotros podremos socorrerle y así, dejaremos de considerar nuestro culto y nuestros sacramentos sólo como oportunidades para fiestas, para borracheras, para ostentación y despilfarro, convirtiéndonos en verdaderos adoradores del Padre “en espíritu y en verdad”, considerando a nuestra Iglesia el pozo donde podremos saciar nuestra sed de vida, de eternidad y de perdón.
El Papa en su mensaje para esta cuaresma, resume encantadoramente el mensaje: La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

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