miércoles, 16 de marzo de 2011

¿Eucaristías que no transfiguran?


En este peregrinar anual que significa la cuaresma, hoy nos encontramos con un hecho inusitado en la vida de Cristo Jesús. Previendo lo que ocurriría a sus apóstoles cuando él subiera a la cruz y muriera, invitó a tres de los más intrépidos de sus amigos, Pedro, Santiago y Juan a acompañarlo a orar en lo alto de una montaña. Ahí ocurrió el hecho que nos ocupa. En un momento apareció Cristo radiante, luminoso, encantador y conversando con dos hombres muy queridos de su pueblo, muertos varios siglos antes, Moisés, que significaba la Ley y Elías que encarnaba a los Profetas. Esto encendió el ánimo de Pedro y sus compañeros, que se propuso hospedar ahí mismo a Cristo y a sus acompañantes. En eso una nube luminosa cubrió la cumbre de la montaña, y desde dentro escucharon una voz que no era de este mundo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias. Escúchenlo”. Si antes la actitud de los apóstoles era de asombro, ahora era el miedo el que los invadía, pero el mismo Cristo los sacó de su ensimismamiento, y les mostró el camino para volver a los hombres: “Levántense y no teman”.
Esa visión momentánea fue crucial para Pedro, cuando Cristo fue alejado por la maldad de los hombres, pues él que fue invitado a callar el hecho hasta que llegara el tiempo oportuno, pudo sostener el ánimo de los apóstoles en el cumplimiento de la promesa de Cristo de que él volvería para quedarse para siempre con los suyos. Fue un momento, un instante, pero el suficiente para que los apóstoles comprendieran la grandeza y el poder del que se les había manifestado entre los hombres como el maestro bueno, amable, bondadoso y lleno de misericordia para todos los hombres. Pero la visión les hacía ver el lado oscuro, o mejor luminoso del Mesías, del enviado, del Hijo de Dios.
Para los cristianos, cada Eucaristía dominical tendría que significar lo mismo que para los apóstoles, el encuentro con Cristo, con su salvación, con su perdón, con la liberación para todos los hombres, y el encuentro con la comunidad de los que siguen al Señor. Pero si las cosas se llevaran bien, si los creyentes verdaderamente entraran en comunicación con Cristo Hijo de Dios, si se dejaran iluminar por él, si verdaderamente escucharan aquella voz del Padre: “Escuchen a mi Hijo”, entonces tendrían que escuchar al mismo Cristo que les indica: “Levántense y no teman”. Bajen, la Eucaristía ya terminó, y ahora vayan entre mis hermanos, lleven mi luz, mi mensaje, mi salvación, mi perdón, mi alegría y mi paz. Ya no pueden quedarse aquí siempre, poniendo cara de compasión, mientras mis hermanos sufren hambre y sed y son tratados injustamente. Ya no pueden poder cara de devotos mientras salen ignorando el dolor y el sufrimiento ajeno, e incluso contribuyendo a mantener en la injusticia, en el abandono y en la explotación a los hombres que han sido condenados en el mundo a una vida de miseria y de desilusión. No podemos quedarnos como Pedro, en un ambiente de espiritualidad, en lo alto de la montaña, pero sin compromiso alguno con su mundo. Cristo fue consciente de ello, y le indicó el camino. Habría que bajar al plano, al mundo, a la entrega, al compromiso, para luego dar el segundo paso y subir a otra montaña, el Calvario, para mostrar con la vida el grande amor que le unía a toda la humanidad y que le llevó a dar su vida por todos los hombres. Vivamos, pues, nuestra Eucaristía, dejémonos transfigurar por Cristo y luego vayamos a nuestro mundo a comunicar la alegría del encuentro vivo con el Señor Jesús.

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