lunes, 29 de marzo de 2010

¿Qué se hicieron las chanclas de Cristo?

Una de las prendas más incomprensibles a la hora de la muerte son los zapatos. Ya no sirven para nada, ya no llevarán al difunto a ningún lado porque bien o mal su camino por la vida ya terminó. Al difuntito lo vestirán “decentemente” pa’cuando vengan los vecinos no lleven tan mala impresión. Pero desconozco si a los difuntos los calzarán porque al fin y al cabo si creemos que “ya estiró la pata” pues los zapatos ya no entrarán tan fácilmente además de que nadie se dará cuenta si los lleva o no, sobre todo si lo van a incinerar.

De ahí me venido la pregunta de dónde habrán quedado las chanclas o las sandalias de Cristo. De sus vestiduras sabemos que fueron repartidas por suertes entre los soldados que crucificaron a Cristo pero no se dice nada de sus sandalias. Quizá eran tan insignificantes, por ser de una gente pobre, que quedaron como cosa inservible cerca de la cruz, o a lo mejor algunas de las mujeres que acompañaban a María las guardaron discretamente bajo sus mantos y no sería difícil que algún día nos encontráramos una basílica que resguardara tan delicadas prendas del Señor.

Lo que sí es verdad, es que las sandalias fueron perfectamente inútiles a la muerte de Cristo, pues cuando éste resucitó, con la vida gloriosa que llevó desde entonces, ya no le eran necesarias, ya no tendría que desplazarse vigorosamente como antes, pues desde su resurrección ya no existían para él el tiempo y las distancias, podía desplazarse simplemente a voluntad y dirigirse a dónde él quería, casi con exclusividad a encontrarse con las mujeres primero, con los apóstoles luego y también con algunos de los discípulos que tanto se habían distinguido por su seguimiento.

Los enemigos de Cristo respiraron a sus anchas cuando después de la “ejecución” de Cristo pudieron colocarlo ya bien muerto aunque fuera en una tumba nueva y no estrenada. Por fin se habían librado de esa punzada penetrante en su cabeza, con todas las indiscreciones de Cristo, su enemigo mortal. Sus privilegios siempre se vieron amenazados, además de que lo consideraron un enemigo para su fe, para su religión y sobre todo para su Dios. Definitivamente la muerte de Jesús había sido la confirmación de que ellos estaban en la verdad y que habían hecho un gran favor al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, al hacer desaparecer a Cristo de este mundo. Pero qué lejos estaban de pensar que su Dios no estaba definitivamente de su lado, que de nada había servido haber sellado el sepulcro de Cristo, ni los sobornos a los soldados para que dijeran que mientras ellos dormían los discípulos habían venido a robar el cadáver de Jesús. El Dios de los cielos se había decidido definitivamente por su Hijo Jesucristo y lo había liberado para siempre de la muerte, colocándolo sobre toda la Creación y exaltándolo sobre todo, hasta colocarlo a su derecha, para convocar desde ahí a todos los que creyeran en la Resurrección de su Hijo que entregó su vida inocente para salvar de una vez para siempre a todos los culpables.

Hoy los cristianos tenemos que colocarnos las sandalias de Cristo, y si de veras creemos en la resurrección de Cristo, nuestros rostros tendrán que decirle al mundo la alegría que nos embarga porque nuestro Pastor, el Buen Pastor, guía nuestras vidas por el único camino, el del amor, a la casa y a los brazos del Buen Padre Dios. Si nuestras caras no reflejan la alegría del Resucitado, el mundo no tendrá oportunidad de entrar en esa gozosa realidad del único que volvió a la vida para congregarnos a todos como un solo rebaño. Al resucitado nos lo hemos encontrado ya en el Bautismo, y si somos sinceros, nos lo volveremos a encontrar resucitado cada que nos reunimos como familia para celebrar su Eucaristía, su presencia, el derramamiento de su sangre, su entrega, su compromiso de amor, su muerte y su resurrección.

¡Felices Pascuas de Resurrección a todos mis amables lectores!

El Padre Alberto Ramírez Mozqueda espera tus comentarios en alberami@prodigy.net.mx

sábado, 27 de marzo de 2010

SEMANA SANTA: RELIGIOSIDAD POPULAR

Serán muchos los que durante la Semana Santa huyan a las playas o se dediquen a hacer turismo. Pero no serán pocos los que acudan a las procesiones, a las representaciones de la pasión, a los oficios en la Iglesia. Y esto lo harán en parte por sincera devoción personal y también en parte por tradición.

Antiguamente muchos veían en estas expresiones externas lo mejor de nuestra religiosidad.. Ahora algunos las miran con desprecio, como si fueran puro folklore o, incluso, como si de superstición se tratara.

¿Cuál es la visión que la Iglesia de hoy tiene de estas formas de religiosidad popular? ¿Cómo las valora? ¿Cómo las valora? ¿Cómo las valora? ¿Cómo algo a extinguir? O como algo que debe conservarse, tal vez mejorándolo?

Ha habido discusión entre los pastoralistas sobre el valor religioso de las formas tradicionales de celebrar la Semana Santa. Mientras algunos veían en ellas el modo más profundo de impregnar de clima espiritual estas jornadas, otros veían en nuestras procesiones tradicionales, en muchas antiguas tradiciones de los pueblos, puros recuerdos folklóricos.

¿En qué se basaba esta crítica? En primer lugar, en ciertos evidentes defectos de nuestras celebraciones. Había, es cierto, procesiones en las que lo externo, lo puramente tradicional, primaba sobe lo religioso. Había cofradías cuyo miembros se acordaban de su Cristo o de su Virgen sólo durante las horas de la procesión del viernes Santo, para olvidarse luego durante el resto del año.

Esta crítica tenía buena parte de razón. ¿De qué sirve asociarse a la pasión de Cristo si no transforma la vida del que la realiza? ¿De qué vale el siempre sentimentalismo si, después de llorar con Cristo dolorido, el mundo sigue igual y no sabemos ayudar a los otros cristos doloridos que nos rodean a diario?

Pero otros pastoralistas aconsejaban prudencia a quienes se precipitaban a condenarlo todo. ¿Cómo saben que esa pasión de Cristo no cala en las almas? ¿Cómo pueden medir lo que ocurre en el corazón de los que, a la derecha o a la izquierda de una calle, contemplan el paso de las imágenes? No juzguen, decían, sólo de lo externo. No atiendan sólo a los aspectos folklóricos que, ciertamente, existen, pero que no son lo único. ¿Cómo no ven que, para muchas almas sencillas (porque no todos en el mundo son intelectuales), las procesiones son una predicación que les entra por los ojos? Y concluían: purifiquen, si quieren, las procesiones. Complétenlas con una predicación más honda y personal, pero no destruyan lo que existe cuando lo que existe es bueno.

Comparto la opinión de este segundo grupo de pastoralistas. Mis recuerdos de muchacho me dicen que aquellas procesiones (cuyos defectos veo mejor ahora) alimentaron mi fe de muchacho. Y me aseguran que lo que entonces yo sentí era más sentimiento que sentimentalismo. Y que mi amor a Jesús encontró entonces y encuentra hoy alimento en aquellas formas de piedad popular.

jueves, 25 de marzo de 2010

Si conocieras cómo te amo

SABADO SANTO

VIERNES SANTO

JUEVES SANTO

Resucitó el Señor Aleluya

La voz de un angel, música ortodoxa

Chistos Anesti (Cristo ha resucitado)

Cristo ha resucitado 2

Cristo ha resucitado canto

La Resurrección del Señor

La resurrección de Cristo narrada por un soldado

resucitó, Martín Valverde

lunes, 22 de marzo de 2010

Vía Crucis para niños, en forma de cuento.


La abuela le pide que la acompañen a la Iglesia.

Qué aburrido! –piensa Dalma, la nieta adolescente; pero, al recordar que están en Semana Santa, decide ir.

–¡Vamos! –grita Matías, de ocho, que ve en la invitación una ocasión para atrapar palomas en el campanario.

Es una tarde fría. El cielo está nublado.

Llegan a la Iglesia. Un candado avisa que está cerrada. La abuela les indica ir por el lateral; seguro que, la puerta estará abierta.

Entran por la parte trasera. No hay nadie adentro.

–¿Qué les parece si rezamos el Vía Crucis?

–¿Qué es eso? –pregunta Matías .

–Es recorrer, siguiendo estos cuadritos, el camino que hizo Jesús llevando la Cruz, hasta su muerte –responde su hermana.

El niño se para frente al primer cuadro y lee: “Jesús es con–de–na–do”. Mira a las mujeres y con picardía pide una explicación.

La nona hace un gesto de complicidad y comienza con el relato:

“Eso fue en la mañana del viernes. El gobernador sabía que era inocente. Y, buscando excusas para liberarlo, les dio a elegir al gentío entre Cristo y Barrabás, un asesino que nadie quería.

“La muchedumbre pidió a gritos que liberen al delincuente; y que crucifiquen a Jesús. ‘¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!’, gritaban enfurecidos.

–Pero... ¿no era bueno? –comentó Matías.

–Buenísimo. Él los había curado, les había dado de comer, les había enseñado las cosas de Dios, como en la catequesis –dijo la mujer acariciando la cabecita del pequeño y prosiguió con el relato.

“Entonces, para que la gente se calmase, el gobernador mandó azotar al Nazareno.

–Eso es lo más impresionante de la película... –comentó Dalma– ...cuando le arrancan la carne a latigazos.

“Después –continuó la abuela– lo abofetearon y le clavaron una corona de espinas.

“Pero aún faltaba lo peor: la humillación de llevar la cruz hasta la cima del monte Calvario, donde sería crucificado.

“Jesús carga con la Cruz. Apenas sale a la calle, la gente se amontona. Algunos aprovechan para insultarlo y escupirlo. Otros, para demostrarle a los soldados que no estaban de su lado, le gritan groserías.

“Entre ellos está uno de los que había curado la lepra, está la madre de una niña que había resucitado... Cristo los reconoce. Podría llamarlos por su nombre. Los mira. Ellos prefieren bajar la cabeza.

Dalma se imagina entre la gente. Se siente parte del relato.

“Se escuchan ruidos de metales. Son los soldados que vienen a exigirle que se apure. Al día siguiente es feriado y quieren terminar temprano. Uno le da un empujón. Jesús cae por primera vez.

–Acá está el dibujo –dice Matías, señalando la tercera estación.

–¿Alguna vez te caíste?

El niño recuerda cuando se cayó de la bicicleta. Le había sangrado el codo y se había raspado las rodillas. Lo peor había sido cuando su mamá le lavó las heridas con agua y jabón.

–¡Ay! –exclamó al comprender. La nona siguió contando.

“Los soldados se enfurecieron porque demoraba en ponerse de pie. Uno le tiraba de los pelos, otro lo azotaba.

“Gritó tan fuerte que María, que estaba lejos, lo escuchó.

“Luego se abrió paso entre la multitud.

“Por fin, Jesús se encuentra con su Madre”. Pero está tan desfigurado que ella no lo reconoce. Lo mira a los ojos y consigue ver en ellos, al pequeño que había crecido entre sus brazos.

“Se contemplan durante unos instantes. El ambiente se llena de ternura. La gente, emocionada, los contempla sin hablar, hasta que otro latigazo obliga a Cristo a separarse de su mamá.

“La Virgen se queda sola.”

Los niños sienten compasión por la Madre de Dios.

Caminan unos pasos y se detienen en la quinta estación.

–¿Quién es ese hombre?

–Simón de Cirene carga con la Cruz –lee la joven, a modo de respuesta.

“Cristo no tiene más fuerzas para continuar. Entonces, los soldados buscan a un hombre para que le ayude a cargar con los maderos.

“Lleno de miedo, Simón se niega. Se siente poca cosa para estar al lado de Cristo. Éste lo mira y le infunde confianza. El cireneo vence el miedo y le ayuda con la Cruz.

“Es un aporte ínfimo entre tanto dolor, pero significa mucho para Cristo que recibe agradecido el favor de su nuevo amigo.

–Cuando sea grande, yo le voy a ayudar –agrega el pequeño.

–No hace falta que crezcas. Ahora podés hacerlo: siendo obediente, haciendo las tareas, no peleando... Eso hace muy feliz a Jesús.

Se detienen en la sexta estación. La abuela se inclina hacia la nieta y en la intimidad le comenta:

“Entre la muchedumbre hay una mujer que simpatizaba con su mensaje y con el grupo de mujeres que lo seguía; pero, por tímida, no se había comprometido a seguirlo.

“Obligan a Cristo a tomar un atajo y, sin esperarlo, pasa delante de ella. Al verlo tan cerca, la mujer rompe con su timidez, arranca un lienzo de su vestido y, cuidadosamente, Verónica enjuaga el rostro del Señor.

Dalma, recuerda cuando por “timidez”, no defendió el mensaje de la Iglesia entre sus compañeras... y se avergüenza.

La abuela teme que la joven esté aburrida y quiera regresar a casa.

–Seguí contando –dijo el mocoso.

La joven toca el brazo de la abuela con gesto indeciso y también le pide que siga con el relato.

Miran hacia atrás. Las puertas estaban abiertas. Había muchas personas recorriendo el Vía Crucis. Algunos rezaban el Rosario. Otros, en fila, esperaban para confesarse.

En la casa, no ha dejado de sonar el teléfono. Son las adolescentes que preguntan por su amiga.

“Salió con la abuela” –responde la mamá una y otra vez. Al pasar por la habitación del niño sonríe: no está con los jueguitos de la computadora.

–Si quieren que sigamos, tenemos que cruzar del otro lado.

Los niños aceptan, buscan la séptima estación y se detienen frente a ella.

“Estaba muy cansado, sus pasos eran cada vez más cortos y torpes. De pronto, topa con una piedra y cae por segunda vez.

La abuela piensa en las caídas del alma que suelen ser más dolorosas que las otras. Recuerda las veces que prometió no volver a caer y que igual tropezó con la misma piedra.

Admite que su carácter, sus caprichos y su egoísmo, terminan siendo las piedras con las que tropieza Cristo. Obstáculos que traicionan el camino espiritual.

–Abuela: ¿quiénes son estas señoras? –la interrumpe en su reflexión, Matías.

–Son un grupo de mujeres que, afligidas por lo que está pasando, lloran sin consuelo. Cristo se detiene ante ellas y les dice: “No lloren por mí, sino por sus pecados y por sus hijos.

“Les explica que causan más sufrimiento las faltas de caridad y la indiferencia de su hijos, que los latigazos de los romanos. Así, Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

–Voy a pedirte una cosa, –le dijo a Matías que, como a todo niño, le gusta que le hagan encargos importantes–. Quiero que en tus oraciones pidas perdón por las ofensas de los hombres que no rezan, que no van a Misa y que blasfeman.

–Que rece por los ateos también –agrega Dalma.

–No solamente por ellos sino también por los bautizados que se han ido a otras iglesias, por los que sólo acuden a Dios en los momentos malos y después se olvidan...

“Por las mujeres que abortan y por las que no transmiten la fe a sus hijos –concluye la abuela y vuelve al Via Crucis:

“Le duele más el corazón que el cuerpo. Es tanta la amargura de su alma, que no resiste más... y cae por tercera vez.

“Sabe que con su sacrificio está pagando el rescate de todos los hombres que somos rehenes del pecado.

–Como los secuestros que aparecen en la tele.

–Algo parecido –responde la mujer con una leve sonrisa.

–Y acá... ¿qué pasó? –pregunta el niño.

“Llegaron al lugar de la crucifixión. Los soldados le quitan la ropa y se la sortean.

“Cristo, permanece en silencio, no se queja ni está enojado.

“Lo acuestan encima del madero que está en el suelo. Toman sus brazos y, traspasándolos a golpe de martillo, lo clavan en la Cruz. Toman sus pies y hacen lo mismo.

“Una vez clavado, lo elevan junto a dos malhechores. Allí lo dejan: con las heridas, la sangre y los brazos extendidos.

“Todo es desolación y misterio. María no puede creer lo que han hecho con su hijo. Desde la Cruz, Él la consuela con la mirada y le regala una tenue sonrisa.

“Luego llama a su amigo Juan, que estaba junto a María, y le pide que en adelante cuide de su mamá, que no la deje sola.

“María también se acerca para escuchar de labios de su hijo la última petición: “quiero que seas la Madre de todos”.

“El cielo se oscurece. Tiembla la Tierra. Los ángeles lloran en el momento en que Cristo muere en la Cruz.

“Aquel niño nacido en un pesebre, aquel joven que había llorado y reído junto a sus amigos, aquel mismo que había sanado a tantos... estaba muerto.

“La reflexión ganó el corazón de todos. Al ver que habían clavado a un inocente, comenzaron a marcharse. Algunos soldados sintieron el sabor amargo del arrepentimiento; otros, el de la culpa.

“Lejos quedaron los días de gloria: el milagro de Caná, la pesca milagrosa, la resurrección de Lázaro, la entrada en Jerusalén.

“Hay dos seguidores: José de Arimatea y Nicodemo, que no habían participado de estos momentos pero que estuvieron presente cuando el Señor más los necesitó.

Piden permiso a Pilatos y bajan su cuerpo de la Cruz.

“Su madre lo toma entre sus brazos. Se renueva el dolor al comprobar que el cuerpo de su hijo estaba muerto.

“La tarde llega a su fin. Es de noche, cuando dan sepultura al cuerpo de Jesús. Lo ponen en una cueva cavada en roca y dejan caer una gran piedra sobre el ingreso.

“Todo hace pensar que sus enemigos tenían razón: Cristo no era más que un gran hombre, un magnífico profeta... pero no era Dios.

“El día sábado, ya muchos se habían olvidado del Maestro, ya nadie hablaba del Nazareno. Todos estaban ocupados en los preparativos de las fiestas.

La nona los invita a sentarse.

“El domingo, antes de que amaneciera, un grupo de mujeres fue a llevarle flores y perfumes. Durante el camino se preguntaron quién movería la piedra. Ellas no tenían tanta fuerza.

“Cerca del lugar, observaron que la piedra estaba corrida. Corrieron y, al entrar al sepulcro, vieron que no estaba el cuerpo. Pensaron que lo habían robado. En su lugar, había dos ángeles vestidos de blanco.

“Uno de ellos les dice: ‘¿por qué buscan entre los muertos al que ha resucitado? ¡Cristo está vivo y vivirá por siempre!’, agrega con una amplia sonrisa entre los labios.

“Es tanta la alegría de las mujeres que tiran las flores al suelo y salen corriendo para contar a los discípulos lo que ha pasado.


Una vecina se acerca para saludar a la abuela, sin embargo, al ver a la adolescente rezando de rodillas, se detiene.

La abuela acomoda a Matías, que está dormido, en su falda. Con tiernas caricias sobre su cabecita da por finalizado el relato.

Dalma mira la imagen del Cristo en la cruz y, emocionada, le anuncia que se anotará en el grupo juvenil de la Parroquia.

Le brillan los ojos de sólo imaginarse enseñando la catequesis a los niños del barrio. Sueña con el campamento de verano. Se imagina misionando, llevando la alegría cristiana a los más necesitados. Sonríe.

En tanto, Matías sueña con que defiende al Señor con su espada de juguete. Le asegura a la Virgen que, en adelante, no estará más sola. Él será su protector.

Mientras los nietos imaginan ese porvenir, la abuela recuerda los viernes santos de su época: cuando las mujeres iban vestidas de luto, cubriendo los rostros con mantillas negras.

Recuerda a su abuela de tez blanca y ojos oscuros que, con la voz clara y temblorosa de las mujeres valientes que hablan en público, decía:

–Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

A lo que los demás respondían:

–Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.





La abuela le pide que la acompañen a la Iglesia.

Qué aburrido! –piensa Dalma, la nieta adolescente; pero, al recordar que están en Semana Santa, decide ir.

–¡Vamos! –grita Matías, de ocho, que ve en la invitación una ocasión para atrapar palomas en el campanario.

Es una tarde fría. El cielo está nublado.

Llegan a la Iglesia. Un candado avisa que está cerrada. La abuela les indica ir por el lateral; seguro que, la puerta estará abierta.

Entran por la parte trasera. No hay nadie adentro.

–¿Qué les parece si rezamos el Vía Crucis?

–¿Qué es eso? –pregunta Matías .

–Es recorrer, siguiendo estos cuadritos, el camino que hizo Jesús llevando la Cruz, hasta su muerte –responde su hermana.

El niño se para frente al primer cuadro y lee: “Jesús es con–de–na–do”. Mira a las mujeres y con picardía pide una explicación.

La nona hace un gesto de complicidad y comienza con el relato:

“Eso fue en la mañana del viernes. El gobernador sabía que era inocente. Y, buscando excusas para liberarlo, les dio a elegir al gentío entre Cristo y Barrabás, un asesino que nadie quería.

“La muchedumbre pidió a gritos que liberen al delincuente; y que crucifiquen a Jesús. ‘¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!’, gritaban enfurecidos.

–Pero... ¿no era bueno? –comentó Matías.

–Buenísimo. Él los había curado, les había dado de comer, les había enseñado las cosas de Dios, como en la catequesis –dijo la mujer acariciando la cabecita del pequeño y prosiguió con el relato.

“Entonces, para que la gente se calmase, el gobernador mandó azotar al Nazareno.

–Eso es lo más impresionante de la película... –comentó Dalma– ...cuando le arrancan la carne a latigazos.

“Después –continuó la abuela– lo abofetearon y le clavaron una corona de espinas.

“Pero aún faltaba lo peor: la humillación de llevar la cruz hasta la cima del monte Calvario, donde sería crucificado.

“Jesús carga con la Cruz. Apenas sale a la calle, la gente se amontona. Algunos aprovechan para insultarlo y escupirlo. Otros, para demostrarle a los soldados que no estaban de su lado, le gritan groserías.

“Entre ellos está uno de los que había curado la lepra, está la madre de una niña que había resucitado... Cristo los reconoce. Podría llamarlos por su nombre. Los mira. Ellos prefieren bajar la cabeza.

Dalma se imagina entre la gente. Se siente parte del relato.

“Se escuchan ruidos de metales. Son los soldados que vienen a exigirle que se apure. Al día siguiente es feriado y quieren terminar temprano. Uno le da un empujón. Jesús cae por primera vez.

–Acá está el dibujo –dice Matías, señalando la tercera estación.

–¿Alguna vez te caíste?

El niño recuerda cuando se cayó de la bicicleta. Le había sangrado el codo y se había raspado las rodillas. Lo peor había sido cuando su mamá le lavó las heridas con agua y jabón.

–¡Ay! –exclamó al comprender. La nona siguió contando.

“Los soldados se enfurecieron porque demoraba en ponerse de pie. Uno le tiraba de los pelos, otro lo azotaba.

“Gritó tan fuerte que María, que estaba lejos, lo escuchó.

“Luego se abrió paso entre la multitud.

“Por fin, Jesús se encuentra con su Madre”. Pero está tan desfigurado que ella no lo reconoce. Lo mira a los ojos y consigue ver en ellos, al pequeño que había crecido entre sus brazos.

“Se contemplan durante unos instantes. El ambiente se llena de ternura. La gente, emocionada, los contempla sin hablar, hasta que otro latigazo obliga a Cristo a separarse de su mamá.

“La Virgen se queda sola.”

Los niños sienten compasión por la Madre de Dios.

Caminan unos pasos y se detienen en la quinta estación.

–¿Quién es ese hombre?

–Simón de Cirene carga con la Cruz –lee la joven, a modo de respuesta.

“Cristo no tiene más fuerzas para continuar. Entonces, los soldados buscan a un hombre para que le ayude a cargar con los maderos.

“Lleno de miedo, Simón se niega. Se siente poca cosa para estar al lado de Cristo. Éste lo mira y le infunde confianza. El cireneo vence el miedo y le ayuda con la Cruz.

“Es un aporte ínfimo entre tanto dolor, pero significa mucho para Cristo que recibe agradecido el favor de su nuevo amigo.

–Cuando sea grande, yo le voy a ayudar –agrega el pequeño.

–No hace falta que crezcas. Ahora podés hacerlo: siendo obediente, haciendo las tareas, no peleando... Eso hace muy feliz a Jesús.

Se detienen en la sexta estación. La abuela se inclina hacia la nieta y en la intimidad le comenta:

“Entre la muchedumbre hay una mujer que simpatizaba con su mensaje y con el grupo de mujeres que lo seguía; pero, por tímida, no se había comprometido a seguirlo.

“Obligan a Cristo a tomar un atajo y, sin esperarlo, pasa delante de ella. Al verlo tan cerca, la mujer rompe con su timidez, arranca un lienzo de su vestido y, cuidadosamente, Verónica enjuaga el rostro del Señor.

Dalma, recuerda cuando por “timidez”, no defendió el mensaje de la Iglesia entre sus compañeras... y se avergüenza.

La abuela teme que la joven esté aburrida y quiera regresar a casa.

–Seguí contando –dijo el mocoso.

La joven toca el brazo de la abuela con gesto indeciso y también le pide que siga con el relato.

Miran hacia atrás. Las puertas estaban abiertas. Había muchas personas recorriendo el Vía Crucis. Algunos rezaban el Rosario. Otros, en fila, esperaban para confesarse.

En la casa, no ha dejado de sonar el teléfono. Son las adolescentes que preguntan por su amiga.

“Salió con la abuela” –responde la mamá una y otra vez. Al pasar por la habitación del niño sonríe: no está con los jueguitos de la computadora.

–Si quieren que sigamos, tenemos que cruzar del otro lado.

Los niños aceptan, buscan la séptima estación y se detienen frente a ella.

“Estaba muy cansado, sus pasos eran cada vez más cortos y torpes. De pronto, topa con una piedra y cae por segunda vez.

La abuela piensa en las caídas del alma que suelen ser más dolorosas que las otras. Recuerda las veces que prometió no volver a caer y que igual tropezó con la misma piedra.

Admite que su carácter, sus caprichos y su egoísmo, terminan siendo las piedras con las que tropieza Cristo. Obstáculos que traicionan el camino espiritual.

–Abuela: ¿quiénes son estas señoras? –la interrumpe en su reflexión, Matías.

–Son un grupo de mujeres que, afligidas por lo que está pasando, lloran sin consuelo. Cristo se detiene ante ellas y les dice: “No lloren por mí, sino por sus pecados y por sus hijos.

“Les explica que causan más sufrimiento las faltas de caridad y la indiferencia de su hijos, que los latigazos de los romanos. Así, Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

–Voy a pedirte una cosa, –le dijo a Matías que, como a todo niño, le gusta que le hagan encargos importantes–. Quiero que en tus oraciones pidas perdón por las ofensas de los hombres que no rezan, que no van a Misa y que blasfeman.

–Que rece por los ateos también –agrega Dalma.

–No solamente por ellos sino también por los bautizados que se han ido a otras iglesias, por los que sólo acuden a Dios en los momentos malos y después se olvidan...

“Por las mujeres que abortan y por las que no transmiten la fe a sus hijos –concluye la abuela y vuelve al Via Crucis:

“Le duele más el corazón que el cuerpo. Es tanta la amargura de su alma, que no resiste más... y cae por tercera vez.

“Sabe que con su sacrificio está pagando el rescate de todos los hombres que somos rehenes del pecado.

–Como los secuestros que aparecen en la tele.

–Algo parecido –responde la mujer con una leve sonrisa.

–Y acá... ¿qué pasó? –pregunta el niño.

“Llegaron al lugar de la crucifixión. Los soldados le quitan la ropa y se la sortean.

“Cristo, permanece en silencio, no se queja ni está enojado.

“Lo acuestan encima del madero que está en el suelo. Toman sus brazos y, traspasándolos a golpe de martillo, lo clavan en la Cruz. Toman sus pies y hacen lo mismo.

“Una vez clavado, lo elevan junto a dos malhechores. Allí lo dejan: con las heridas, la sangre y los brazos extendidos.

“Todo es desolación y misterio. María no puede creer lo que han hecho con su hijo. Desde la Cruz, Él la consuela con la mirada y le regala una tenue sonrisa.

“Luego llama a su amigo Juan, que estaba junto a María, y le pide que en adelante cuide de su mamá, que no la deje sola.

“María también se acerca para escuchar de labios de su hijo la última petición: “quiero que seas la Madre de todos”.

“El cielo se oscurece. Tiembla la Tierra. Los ángeles lloran en el momento en que Cristo muere en la Cruz.

“Aquel niño nacido en un pesebre, aquel joven que había llorado y reído junto a sus amigos, aquel mismo que había sanado a tantos... estaba muerto.

“La reflexión ganó el corazón de todos. Al ver que habían clavado a un inocente, comenzaron a marcharse. Algunos soldados sintieron el sabor amargo del arrepentimiento; otros, el de la culpa.

“Lejos quedaron los días de gloria: el milagro de Caná, la pesca milagrosa, la resurrección de Lázaro, la entrada en Jerusalén.

“Hay dos seguidores: José de Arimatea y Nicodemo, que no habían participado de estos momentos pero que estuvieron presente cuando el Señor más los necesitó.

Piden permiso a Pilatos y bajan su cuerpo de la Cruz.

“Su madre lo toma entre sus brazos. Se renueva el dolor al comprobar que el cuerpo de su hijo estaba muerto.

“La tarde llega a su fin. Es de noche, cuando dan sepultura al cuerpo de Jesús. Lo ponen en una cueva cavada en roca y dejan caer una gran piedra sobre el ingreso.

“Todo hace pensar que sus enemigos tenían razón: Cristo no era más que un gran hombre, un magnífico profeta... pero no era Dios.

“El día sábado, ya muchos se habían olvidado del Maestro, ya nadie hablaba del Nazareno. Todos estaban ocupados en los preparativos de las fiestas.

La nona los invita a sentarse.

“El domingo, antes de que amaneciera, un grupo de mujeres fue a llevarle flores y perfumes. Durante el camino se preguntaron quién movería la piedra. Ellas no tenían tanta fuerza.

“Cerca del lugar, observaron que la piedra estaba corrida. Corrieron y, al entrar al sepulcro, vieron que no estaba el cuerpo. Pensaron que lo habían robado. En su lugar, había dos ángeles vestidos de blanco.

“Uno de ellos les dice: ‘¿por qué buscan entre los muertos al que ha resucitado? ¡Cristo está vivo y vivirá por siempre!’, agrega con una amplia sonrisa entre los labios.

“Es tanta la alegría de las mujeres que tiran las flores al suelo y salen corriendo para contar a los discípulos lo que ha pasado.


Una vecina se acerca para saludar a la abuela, sin embargo, al ver a la adolescente rezando de rodillas, se detiene.

La abuela acomoda a Matías, que está dormido, en su falda. Con tiernas caricias sobre su cabecita da por finalizado el relato.

Dalma mira la imagen del Cristo en la cruz y, emocionada, le anuncia que se anotará en el grupo juvenil de la Parroquia.

Le brillan los ojos de sólo imaginarse enseñando la catequesis a los niños del barrio. Sueña con el campamento de verano. Se imagina misionando, llevando la alegría cristiana a los más necesitados. Sonríe.

En tanto, Matías sueña con que defiende al Señor con su espada de juguete. Le asegura a la Virgen que, en adelante, no estará más sola. Él será su protector.

Mientras los nietos imaginan ese porvenir, la abuela recuerda los viernes santos de su época: cuando las mujeres iban vestidas de luto, cubriendo los rostros con mantillas negras.

Recuerda a su abuela de tez blanca y ojos oscuros que, con la voz clara y temblorosa de las mujeres valientes que hablan en público, decía:

–Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

A lo que los demás respondían:

–Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo

TE INVITO A CELEBRAR MI PASCUA


Acabamos de celebrar días muy importantes para Mí, y supongo que también para ti. En estos días has oído hablar mucho de Mi Pasión, y has podido contemplar Mis imágenes muchas veces.

Es posible que tú mismo me hayas sacado a la calle. Pero me gustaría que me contases lo que ha supuesto para ti la Semana Santa. Ya te decía que siempre me da un poco de miedo estos días.
No puedo evitar recordar lo mal que lo pasé.

Y tampoco puedo evitar el dolor al contemplar que hoy se vuelve a repetir la historia. Y no lo siento por mi propio sufrimiento, sino por el poco valor que muchos hombres le dan al amor de Dios. Son relativamente pocos los que saben aprovechar la Gracia que se les ofrece abundantemente estos días.

Pero bueno, ya conozco bien al hombre, y no me extraña nada. Me siento reconfortado por todos aquellos que de verdad me han acompañado con todo cariño en estas celebraciones.

Pero ya hemos llegado a la Pascua. ¡Que días tan maravillosos! ¡Qué gratos recuerdos de aquellos hechos históricos; de aquellos encuentros gozosos con mis amigos muertos de miedo! Siempre tenía que empezar diciéndoles: “Paz a vosotros”. No tenían paz.

Estaban nerviosos. No terminaban de fiarse de mi palabra. Y no me reconocían cuando me presentaba a ellos resucitado. Es verdad que el cuerpo glorioso ya es distinto, pero el amor es el mismo. Tenía que hacer gestos concretos, decirles palabras que ellos ya conocían, insistirles que tocaran y vieran que no era un fantasma…

¡Qué duros sois los hombres para reconocer a Dios, y sentir la verdad y la cercanía del mundo sobrenatural! Los hombres piden muchos milagros, y cuando ocurren no se los creen. Les pasa como a Pedro: “Señor, si eres tú di que camine yo también por el agua”. Y le dije: -Ven.- Y comenzó a caminar pero vaciló, no se lo creía, y comenzó a hundirse gritando de miedo… Y sin fe no es posible vivir la Pascua. Si no creen en mí como hombre mortal, ¿cómo van a creer en Mí Resucitado y en cuerpo glorioso?

Las Pascua es el tiempo del cambio, del paso a una vida más espiritual. Es la celebración de la conquista de la libertad. Es disfrutar de la alegría de la gracia. En Pascua se valora mejor el Bautismo, y la Penitencia, y la Eucaristía, y tantas cosas.

En este tiempo os quiero demostrar que es verdad todo lo que de mí se había anunciado, y Yo lo había repetido tantas veces. La muerte en la cruz era necesaria, pero no era el final. La estancia en el sepulcro era temporal. Ya dije Yo que al tercer día resucitaría, y así lo hice. Esa es la garantía de vuestra fe.

Tú tienes que creerme. YO NO ESTOY MUERTO. No seguís vosotros a un muerto. Estoy vivo ahora mismo. Y hablo contigo desde estas páginas de Internet, y desde la Sagrada Escritura, y en la Oración, y me recibes vivo en la Eucaristía, y te perdono a través del sacerdote, y estoy dentro de ti cuando dejas entrar la gracia en tu alma.

Quiero celebrar contigo MI PASCUA, MI RESURRECCIÓN. Y quiero que se lo digas a todos, pues mi fiesta es para el mundo entero. Comunícaselo a tus amigos, a Mis amigos: ESTOY VIVO. Mi Reino es de vivos.

Quiero una Iglesia viva, unas celebraciones llenas de vitalidad. Quiero cantar contigo el Aleluya, el Gloria, y hacer palmas, y sonreír. Es mi tiempo de gozo. No me dejes solo. Estás invitado al banquete de bodas, al banquete de la Vida.

Tu lugar está reservado. No pongas excusas para venir, pues Yo te espero para que pasemos un rato agradable. Corre la voz: VUESTRO AMIGO JESÚS ESTÁ VIVO, Y OS ESPERO PARA CELEBRAR MI ALEGRÍA CON TODOS. NO ME FALLÉIS.

Un saludo de alegría y paz para ti y para todos.

Tu Amigo JESUS.

¿Y si Cristo hubiera sido un poco más diplomático, no habría muerto?


Hoy comenzamos con el domingo de Ramos, una semana cargada de evocaciones, de vivencias y de aspiraciones. Se trata de lo que se llamaba la Semana Santa o sencillamente la Semana Mayor, y que hoy ha quedado convertida en la semana de vacaciones, donde todo mundo está condenado a emigrar, normalmente a las playas para encontrar todos los lugares atestados de gente que no tendrá otra oportunidad de tenderse al sol o meterse de noche a un antro a aturdirse en el ruido y en el alcohol o las drogas.

Pero esta semana seguirá siendo siempre la Semana donde el pueblo fiel se muestra cercano al corazón de Cristo Jesús que en su exceso de amor quiso entregar su vida para convertir este mundo de salvajes en un mundo de hermanos, donde en lugar del odio, la revancha, la rivalidad y el afán de lucro campeara el amor, la paz y la cordialidad.

Esta sería la memoria, el recuerdo y la evocación del día en que Cristo aceptó los vivas y las hurras de la humanidad a la que él trataba de salvar poco antes de entregarse en manos de aquellos que tendrían en sus manos su propio destino. Montado en un asno y no en una cuadriga de general victorioso, o en un dromedario de potentado árabe, Cristo recibe el afecto sencillo, alegre y esperanzador del pueblo al que se había entregado toda su vida. No importaba que un poco después las gentes se dejaran contagiar de la rabia de los poderosos a los que Cristo había provocado con su comportamiento y que ahora tenían oportunidad de cobrarse de una vez por todas. Cristo había tenido la osadía, con muy poca diplomacia, de oponerse a los que ostentaban el poder y mantenían al pueblo ignorante, en la pobreza y en el miedo. Cristo habló muy duramente a los fariseos y los escribas que se ostentaban como los chicos buenos del reino, la gente decente, y que a pesar de estar llamados a orientar, más bien consideraban a los que no pertenecían a su clase, como los apestados, la gente podrida, los que no tenían esperanza de salvación. Jesús había tenido el atrevimiento de hablar contra los políticos, el capital y los intereses de los dirigentes del templo de Jerusalén, y ahora era el momento de arreglar cuentas. Ganaron los poderosos, indudablemente de una manera injusta, pues injusto a todas luces fue el proceso civil y religioso que condenó a Cristo.

El momento actual está marcado por un pueblo que se mantiene fiel, y que sale a las calles con sus palmas, sus ramos y sus flores, para gozar en la procesión, de una fe que tiene que manifestarse masivamente, y que desea después manifestar en la vida con un cambio de actitud hacia los demás. Es la alegría de muchas gentes pobres que ven más mermada su economía, que sienten que sus enfermedades no pueden ser curadas porque no han alcanzado ni siquiera el seguro popular, el gozo de la madre que ve que sus hijos han abandonado la fe para vivir en una total despreocupación por las cosas de la Iglesia y de la fe. Y es el jubilo de los niños que agitan sus palmas hacia un Cristo que adivinan como su esperanza y su liberación. Es también el contento de los jóvenes que con guitarra en mano manifiestan su cercanía al Cristo de todos los tiempos y de todos los caminos.

Pero el domingo de ramos, es también una profecía, un adelanto de la vida nueva de los hijos de Dios para quienes ya han pasado los días difíciles de enfermedad, de pobreza, de injusticia, de miseria y de morder cada día el polvo en casuchas miserables y en colonias sin servicios básicos y para colmo, con un pulular encima de jóvenes pandilleros que no respetan personas, ni leyes, ni sexo sin enlodarlo todo a su paso. Las palmas se convertirán en manos de nuestro pueblo fiel, en un símbolo de martirio, de entrega, de generosidad, pero al mismo tiempo una señal de parte del Señor, de que los males y los sufrimientos no fueron en vano y de que para siempre los dolores se trocarán en cantos de alabanza, de acción de gracias, en el nuevo banquete preparado por el Buen Padre Dios que recibe con amor en su casa a todos los hijos que triunfaron gracias al triunfo de Cristo su Hijo.

Hosanna al Hijo de Dios, hosanna al Rey de todas las naciones, hosanna al que nos trae la paz, la salvación, el perdón y la reconciliación entre todos los hombres.

El Padre Alberto Ramírez Mozqueda espera tus comentarios en alberami@prodigy.net.mx

miércoles, 17 de marzo de 2010

¿Cómo pudieron colarse con una mujer desnuda hasta el templo?


Una mañana después de un largo rato de oración Cristo se dirigió al templo de Jerusalén, y las gentes cuando lo descubrieron comenzaron a escucharlo con verdadero interés, haciendo un círculo cerrado en torno suyo, en un momento donde se respiraba la tranquilidad de aquél lugar que había sido pensado como un lugar de oración y de recogimiento. Pero de pronto surgió otro grupo que no se parecía en nada al que estaba reunido con Cristo. En medio de un alboroto y de muchos gritos, aparecieron varios hombres llevando en medio de ellos a una pobre mujer que había sido pescada en adulterio. Las miradas de aquellos hombres eran de deseo, de codicia y de condena. Y los que capitaneaban el grupo eran los fariseos y los escribas que se consideraban los chicos buenos, la gente decente, los mismos a los que Cristo dirigió la parábola de la que nos ocupamos el domingo pasado. A aquellos hombres ni les importaba la mujer ni les importaba Cristo, pero habían encontrado una muy buena ocasión para poner en vergüenza al que todo mundo llamaba “maestro”, y de paso tener un buen pretexto para condenarlo, quitándolo de en medio, pues los tenía escandalizados con su comportamiento, pues no se escondía para codearse y relacionarse con los pobres, los desheredados y los que ellos consideraban pecadores. Llevaban a la mujer, por su adulterio, pero no llevaban a su cómplice, pues era hombre, y como la ley había sido hecha por los hombres y para los hombres, el mecate tendría que reventarse por lo más delgado y él quedaba al margen de toda condenación. Ellos querían una definición de parte de Cristo. ¿Con quién estás? ¿Con Moisés y todo lo que él representaba para su religión? ¿O acaso con los romanos, enemigos jurados del pueblo hebreo? A Cristo no le importaba aquella polémica y por toda respuesta se puso a escribir en la tierra, pero urgido por aquellos hombres, se levantó cuan grande era y mirando directamente a aquellos hombres que ya estaban listos para descargar los golpes mortales contra la mujer tuvieron que escuchar con gran estupor: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Volvió a agacharse y a seguir escribiendo en el suelo, mientras los supuestos acusadores iban retirándose uno a uno, dejando silenciosamente en el suelo las piedras que llevaban preparadas. Para siempre Cristo les dijo que una religión que condena un pecado con la muerte no puede ser voluntad de Dios y sólo serán exigencias culturales que están fuera totalmente de la realidad y la misericordia que Cristo vino a implantar en el mundo. No nos olvidemos en este momento que la justicia de Dios no es la misma que la de los hombres, y así nos lo ha recordado S. S. Benedicto XVI en su mensaje para esta Cuaresma: “¿Qué justicia existe donde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo?”. Si todos los hombres experimentarían el perdón nacido de la condenación y la aceptación del sacrificio de Cristo, con toda razón aquella mujer tendría que verse libre de los perversos e injustos perseguidores, para experimentar la vida nueva y la libertad que Cristo estaba haciendo llegar a este mundo.

Cuando los hombres se hubieron ido, quedaron sólo Cristo y aquella mujer, enfrentándose como dice San Agustín, la miseria y la misericordia. Cristo no desconoció la maldad que hizo pasar a aquella mujer aquél trago amargo, pero la anima, perdonada, a que no peque más y pueda experimentar la diaria bondad del Dios de infinita misericordia: “Vete y ya no vuelvas a pecar”. ¿Y tú mi querido lector que esperas para experimentar el perdón de Dios en esta cuaresma?

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lunes, 8 de marzo de 2010

¿El hijo pródigo no tenía madre?


Nos encontramos en el corazón de la cuaresma, y Cristo nos regala hoy con una de las parábolas más exquisitas que pudieron salir de sus labios, y que nos ha conservado San Lucas en el su capítulo 15. Si Cristo hubiera sido músico, nos habría dejado su mensaje como una expresiva cantata destacando el aroma de un Padre que ama intensamente a sus hijos. Si hubiera sido pintor, nos habría deleitado con un claro oscuro destacando la maldad de dos hijos, uno despilfarrador, y otro con cara de “yo no fui” pero con una mirada ruin, déspota y despectiva. Y si hubiera sido escultor, tendría que habernos dejado la preciosa imagen de un padre que tiene que usar de dos manos, una para recibir al hijo que había vuelto después de un viaje de perdición y la otra para invitar al hermano mayor a entrar y alegrarse con la fiesta que ofrecía por el regreso del hijo.

La parábola, es importantísimo señalarlo, fue dirigida contra los fariseos, que eran los chicos buenos, la gente “decente” a quien Dios tendría que recompensar por ser tan buenos, tan cumplidos, tan buenos chicos, y que se atrevían a criticar a Cristo por ser amigo de los más desarrapados de una sociedad donde los estratos sociales estaban perfectamente marcados, en donde los de arriba ni por nada querrían voltear hacia abajo para mezclarse con la “chusma”. Fueron los mismos que al final decidieron la muerte de Cristo mandándolo a la cruz. Cristo murió a manos de los “buenos”, no de los malos.

La parábola en sí, es otro dato que tenemos que considerar, habla de un padre “que tenía dos hijos”, pero desgraciadamente, nosotros dirigimos siempre nuestra mirada al más pequeño de los dos, que tuvo el atrevimiento de irse de casa, pero con el caudal que su padre habría destinado para cuando él muriera. Es emocionante el camino de conversión que Cristo describe, pues aquél muchacho sentía que todo le sonreía mientra tuvo dinero, y que se vio en una situación comprometidísima cuando le faltaron los bienes. Apremiado por el hambre, por la vergüenza de verse reducido a la nada, y sintiendo también la pena de haber abandonado a su padre, decide regresar y de hecho regresa, no sin antes preparar una palabra suplicando la benevolencia de su padre. Cuando se produce el encuentro, el padre lo recibe con los brazos abiertos, lo abraza, lo acaricia, lo mira, lo vuelve a abrazar y manda hacer fiesta para celebrar la fiesta de su hijo.

Hoy la ocasión se presta de maravilla para echar pedradas a los pecadores, invitándolos a imitar el regreso del hijo y acogerse a la misericordia del Buen Padre Dios representado maravillosamente en el padre de la parábola, pero definitivamente, también nuestra consideración tiene el peligro de no tomar en cuenta la actitud del hermano mayor, que verdaderamente es la “fichita” del cuento, y no el buenazo que regresó arrepentido a los brazos del padre. Nos repugna hablar del hermano mayor, el que no quería entrar a la fiesta organizada por el padre para el regreso de su hijo, porque quizá nosotros, los que estamos de este lado del altar, y los padres de familia, y en general los que ostentan cierta autoridad en el mundo, nos creemos con derecho de pensar que nosotros somos los que tenemos la confianza del Padre, que podemos darnos el lujo de mirar a los demás por sobre el hombro, mirándolos con desdén y con lástima y que hacemos de la fiesta que el Padre ofrece cada domingo para sus hijos, un motivo de crítica, de orgullo y de separación, cuando podremos alegrar el corazón del Buen Padre Dios, considerando la Eucaristía dominical como la gran fiesta de la universalidad del amor y como la gran comida que festeja el perdón de los pecadores que han tenido la fortuna de experimentar el amor y la misericordia de Dios al ser absueltos de sus culpas.

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lunes, 1 de marzo de 2010

¿CHILE Y HAITÍ CASTIGADOS POR LA MANO DE DIOS?


Si suponemos que Cristo es de todas las épocas hoy podríamos presentar el mensaje evangélico de este domingo de esta manera: Unos hombres se acercaron un día a Jesús y le contaron que “allá en Acteal, en Chiapas en México un grupo de indígenas campesinos fueron masacrados inmisericordemente mientras se encontraban haciendo oración y cantando alabanzas a Dios en una modesta capilla del lugar”. Aquellas gentes supusieron que con su relato Jesús tronaría contra la injusticia humana, pues en ellos estaba bien anidada aquella creencia: “El que la hace la paga” y que haría ver que aquella acción les había sobrevenido precisamente a los indígenas por sus grandes pecados, y para que no cupiera duda el mismo Jesús les contó del tremendo desastre que significaron para Haití primero y para Chile los terremotos que dejaron sangre, muerte y desolación, por la acción de las fuerzas de la naturaleza. Así rompe Cristo con aquella creencia muy arraigada en el ánimo de los hombres y acepta que todos somos frágiles y que la vida puede sobrevenirnos en cualquier momento.

Con esto, Cristo dejó bien claro que a Dios no tenemos que responsabilizarlo de las acciones violentas de los hombres ni por la desolación que significan las fuerzas tremendas de la naturaleza, y que no es verdad entonces que Dios distinga a unos con la vida por su buena conducta y a otros con la muerte por sus pecados personales y como una muestra del poder vengativo de Dios. Ese no es el Dios que Jesucristo venía a mostrar. Sin embargo dejó bien claro que con Dios no se juega, y que todos estamos necesitados de conversión para que no nos ocurra otra cosa semejante. Cristo no lanzó una amenaza, pues sus palabras quería conseguir un profundo arrepentimiento y una apertura al cambio de mente y de corazón, pues la salvación no viene del hombre, sino del profundo amor de Dios que nos ha enviado a su Hijo Jesucristo, nuevo Moisés, para mostrar su cercanía a los hombres, a su mundo, a sus miserias, abriendo amplios caminos de esperanza, como le fue revelado a Moisés en vísperas de la liberación del pueblo hebreo de las manos de los egipcios: “Yo soy el Dios de tus padres…he visto la opresión de mi pueblo…he oído sus quejas contra los opresores y conozco bien sus sufrimientos. He descendido para librar a mi pueblo de la opresión…para sacarlo de aquellas tierras y llevarlo a una tierra buena y espaciosa…”

Me conmueven esas palabras de Dios a Moisés pues se trata del Antiguo Testamento, nos encontramos sorpresivamente con un Dios muy distinto del que habíamos imaginado, que se muestra como padre y amigo, que se conmueve con el dolor de los hombres y que no sólo sostiene un sentimiento frustrante sino que baja a liberar a su pueblo para llevarlo por caminos desconocidos a tierras de libertad, de paz, de reconciliación, pero al mismo tiempo de responsabilidad y de justicia. Ese es el Dios con el que yo quiero quedarme.

Y para acabar de remachar su mensaje, el mismo Cristo les contó, y la historia puede seguir siendo actual, aunque nosotros no seamos agricultores ni tengamos una relación directa con las labores de la tierra: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo: fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar hijos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala, ¿para qué ocupa la tierra inútilmente?” el viñador le contestó: “Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, pera ver si da fruto, si no, el año que viene la cortaré”. Cristo nos está invitando a la conversión, todavía nos da otro año. Dios es eterno pero nosotros no. Es el tiempo. La paz está cerca, el porvenir nos sonríe, “No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenado, perdonen y serán perdonados”.

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Como arrancada del infierno - historia de una conversión

Existen jóvenes que han tocado fondo. Basta ir a los puntos de muerte de la ciudad de Roma; lugares como los subterráneos de la estación de trenes Termini.

Entre éstos, Michela cuenta una historia especial, casi extrema. Abandonada por sus padres en un hospital apenas recién nacida, fue educada en un orfanato, conociendo de todo menos el amor. Creció con el deseo de disfrutar la vida, la rebelde vida que llevaba. A los 18 años abandona el orfanato y pronto se transforma en chef de cocina internacional. El dinero llenó sus bolsillos rápidamente. Lo adoraba como a su dios y lo gastaba sin reparos.

En sus años de juventud la afectividad desordenada no faltó. Tuvo novios como trapos desechables, “los usas y los tiras”, para usar su expresión. Hasta que se topó con un novio serio, Luca, de éste si se enamoró. El único defecto: un católico practicante. Se extrañaba que éste no aceptara invitaciones nocturnas. Su respuesta era: hasta el matrimonio...

A pesar de todo, ella lo amaba, deseando vivir el momento presente. Su novio con mucho amor y respeto la quiso para toda la vida y he aquí que intentó llevarla al altar para bendecir su unión. Pocos días antes de la boda al novio catolicísimo le detectaron sida por una transfusión de sangre contaminada. El novio practicante y amado se le fue seis días antes de la ceremonia.

Ante esto, su rebeldía llegó al extremo, según ella misma cuenta: «Me enfadé con Dios por haberme quitado a mis padres. Me enfadé con Dios por haber sufrido tanta violencia desde pequeñita. Me enfadé con Dios por la muerte de Luca. La noche de su funeral, me marché a la playa y allí mismo hice un juramento: “Dios, si tú no existes, pasaré toda mi vida diciéndoselo a todo el mundo. Pero si existes de verdad, empeñaré mi vida en destruirte”».

En medio de su rebeldía -y de su vacío interior- se vio envuelta en varias filosofías como el New Age y el Reiki. Michela pisó fondo intentando conocer a Dios por un camino equivocado y no encontró nada. Una doctora de psicoterapia, que intentó sanar las heridas más profundas del alma de Michela, no le hizo sino más daño y casi se adueña de su libertad. Ella misma cuenta que la trataban como a un títere.

Y fue gracias a esas prácticas de psicoterapia, como Michela se introduce en el satanismo paso a paso, casi consagrándose al mismo demonio. Le ofrecieron ser sacerdotisa de una secta diabólica. Para alcanzar esa meta, el reto consistía en algo aparentemente simple: mata a Chiara Mirante, (Fundadora de la Comunidad Nuovi Orizzonti).

Con el cuchillo en la mano fue recibida con un abrazo de quien sería su víctima; un abrazo que le cambiaría su vida. Aún teniendo el alma muerta, Michela fue capaz de recibir amor y fue amada por lo que era. Al abrazarla, Chiara Mirante le dijo: «bienvenida hija mía, por fin has llegado a tu casa».

Michela puso cara de interrogación... ¡Nunca antes se habían visto! Pero el amor es gratuito, y un abrazo y una mirada bastaron para desarmar el corazón de piedra que traía.

La vuelta a Dios y a la paz del alma, no fue fácil. En el camino, la joven buscó por todos los medios conocer a quien la había gestado y traído a este mundo, su madre natural. Pero cuando la encontró recibió, como una bofetada, estas palabras: «tú nunca has existido para mí». Más lágrimas y el desprecio recibido apretaron y casi destruyeron sus anhelos de amar y ser amada. Quiso tomarse un descanso... así se lo comunicó a Chiara, quien la envió a Medjugorye.

La muerte y el odio no tienen la última palabra. Dios siempre saca buenos frutos de todo lo que nos pasa. Tras una experiencia fuerte de amor, Michela encontró en Medjugorye a una Madre que la agasajó y le llenó su corazón de amor: María. Ella le cambió su corazón frío y lleno de odio por un corazón nuevo. La Virgen le regaló la alegría que sanó para simpre todas sus heridas.

Hoy, Michela tiene 40 años y vive en la comunidad que la recibió con un abrazo lleno de amor. Es consagrada en el movimiento Nuovi Orizzonti desde hace ya 12 años y no cesa de repetir a todos los que quieren escucharla:

«Os lo repito, no huyáis del sufrimiento, utilizadlo. Llevádselo a Jesús y ese sufrimiento se transformará en amor. Me despido con una frase de Edith Stein. Cuando Edith Stein se convirtió, le preguntaron por qué se había convertido al catolicismo, y ella respondió: ”Yo busqué el amor. Y encontré a Jesús”».