sábado, 23 de abril de 2011

¿UNA MISA CELEBRADA POR JESÚS Y A SU ESTILO?



¿Alguna vez has soñado con que fuera el mismo Jesús el que celebrara la Misa para ti y para los tuyos? Pues lo que para nosotros sería un sueño, dos muchachos discípulos de Jesús lo vivieron en la realidad la misma tarde de la resurrección del Señor Jesús. Guiados por el Libro de los Hecho, nosotros viviremos aquel acontecimiento en tres momentos.
Primera. Los discípulos de Jesús se dirigían a un pueblito llamado Emaús, procedentes de Jerusalén, donde habían sido testigos de la pasión y de la muerte de Jesús. Esperaron un tiempo que a ellos les parecía prudente, pero aunque había algunas señales de la Resurrección de Jesús, ellos consideraron que lo más prudente era regresar a su tierra, aunque allá les esperaran las burlas de todos, pues habían salido detrás de Jesús como la gran elección de su vida, y ahora regresaban con aires de fracasados, con las manos vacías, pues les habían matado al maestro y ya no había ninguna esperanza de que cumpliera su promesa. Pero en el camino alguien se les emparejó, les preguntó por qué tanta tristeza, y al explicarle el motivo, Jesús, pues ese era el personaje, los reprendió por su incredulidad, pero en el mismo camino les fue explicando sencillamente todo lo que decían las Escrituras de él, poniendo hincapié en que era necesario que él padeciera y muriera en la cruz, cosa que les había parecido monstruosa y detestable. Eso es lo que hace la Iglesia cada vez que nosotros nos reunimos para la Eucaristía, contactar a los fieles con la Palabra de Dios.
Segundo. Sintiendo sumamente interesante lo que el personaje les explicaba, y cayendo ya la tarde, quisieron escucharle un poco más, y por eso lo invitaron a que pernoctara con ellos ese día. Al llegar a casa, con toda la hospitalidad que caracteriza a los orientales, lo sentaron a la mesa, le concedieron el lugar principal, y le pidieron que él mismo bendijera como era costumbre, el pan para toda la familia. Él atendió a su invitación, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Y entonces, ¡Bendito prodigio! En ese momento se les abrieron los ojos, y reconocieron que su peregrino amigo era el mismo Jesús ya resucitado, y comenzaron a memorar: “Con razón ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras”. Es el momento sublime de nuestras Eucaristías, donde Jesús acompaña a los suyos, no ya en la memoria, sino entregándose a cada uno, dándoles su paz y su amor hecho realidad en su propio Cuerpo.
Tercero. Nuestros amigos los discípulos no quisieron quedarse saboreando el profundo gozo y alegría que les causó el encuentro con Jesús, y aún con los peligros de la noche, regresaron de inmediato a Jerusalén donde estaban reunidos los apóstoles, encerrados ciertamente, pero en la gozosa espera. Cuando llegaron, desde dentro les dijeron que ya Jesús había resucitado, que se le había aparecido a Pedro, y ellos relataron con todo detalle lo que les había ocurrido. Los cristianos hoy tenemos que imitar ese gesto. Si en verdad nos hemos encontrado con Jesús en la Eucaristía no podremos guardarlo para nosotros mismos, sino que desde la comunidad eclesial reunida, tendremos que reintegrarnos a nuestro mundo mostrando con nuestras acciones, con nuestra ayuda, con nuestro servicio, nuestra honradez y alegría, que realmente el que había sido muerto ahora vive y vive para siempre entre los suyos. Entre todos, sacerdotes y fieles, hagamos de cada Eucaristía un encuentro vivo con Cristo muerto en la cruz pero que ahora vive para siempre entre los suyos.
El Padre Alberto Ramírez Mozqueda espera sus comentarios en alberami@prodigy.net.mx

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