lunes, 21 de febrero de 2011

Y sin embargo, nadie se mueve

Estaba en una posición estratégica desde la que lograba tener a la vista a la asamblea entera... Desgraciadamente todos estaban tranquilos durante la predicación. Ningún movimiento sospechosos, ni un asomo de que alguien quisiese escapar, o al menos que dejara entrever malestar o impaciencia, nada... caras imperturbables, gente de bien, arreglados como para un premio.
Las amenazas eran exageradamente claras y de tal categoría que empujaban a una huida general. Sin embargo, cada uno de nosotros resistía intrépidamente en su sitio. El cura lanzaba una inequívoca señal de alarma: “si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliar... y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”.
Conociendo ciertas situaciones, me hubiera esperado que la Iglesia quedara, durante algún tiempo casi vacía . Incluso el cura debió sentir la necesidad de volverse pronto a la sacristía. Hubiera sido una señal que habría animado a muchos... Pero no paso nada. El “vete primero a reconciliar ” no se refería a nosotros.
Y después vendría aquel abanico mortal de “pero yo os digo” una granizada impresionante de golpes... Cada sector de la vida era puesto radicalmente en discusión.
Y, sin embargo, parecía que aquellas piedras caían en el vacío. Rebotaban sobre las cabezas, sin dejar señal alguna, e iban a parar quién sabe dónde. Pareciera que cada uno llevarán encima un blindaje a prueba del Evangelio. El sacerdote las vestiduras sagradas, y los fieles un chaleco protector, antibalas.
Es increíble como conseguimos salir airosos de ciertos bombardeos. Aquí todo esta en regla. Solamente es una página mas del Evangelio, pero ya nos hemos acostumbrado, hemos aprendido a defendernos de ella.
Los cristianos poseemos un metabolismo particular por el que, además de las piedras somos capaces de asimilar, de digerir, con la máxima naturalidad, cargas de explosivos. Después de terremotos tan violentos, no pasa nada, no nos sentimos mal en absoluto. Nos quedamos allí, en nuestro sito, imperturbables, impasibles, abriendo el paraguas, extendiendo sobre la cabeza el impermeab
Estamos con el agua al cuello, pero nos mantenemos secos. Al menos los judíos, aquella vez viendo el peligro, tuvieron el coraje de echarse para atrás... nosotros hemos aprendido buenos modales.
Me pregunto si el “no irse” es prueba de fidelidad, o más bien signo de resistencia a la conversión.
Se los confieso, yo mismo he salido de la iglesia solamente hasta el final... a pesar de que el Evangelio nos advirtió de los peligros que corremos cuando vamos a la Iglesia y no nos sentimos en peligro.

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