jueves, 3 de febrero de 2011

¿Un salario sin mucha sal, y unos cristianos sin mucha influencia en el mundo?



Como todos los mortales, Cristo fue fruto de un ambiente, de unas costumbres y de un folclore propio de su tiempo, de su raza y de su gente. Muchas de las palabras de Cristo tuvieron su origen en la casita, la agradable casita de Nazaret. Ahí conoció Cristo dos elementos importantes en la vida de su pequeña familia, la sal y la luz. Sobre la sal, Jesús veía como su madre mezclaba unos cuantos granitos de sal en la comida, y ¡Qué sabrosa sabía! Era comida de pobres, pero servida con amor, servía no sólo para ellos, sino para cuanta persona tocara a su puerta. Pero la sal además de su uso alimenticio, para la gente de ese tiempo, tenía otras propiedades, servía para desinfectar las heridas, para cauterizarlas. A los recién nacidos se les salaba. En el terreno social, era muy importante, pues en las alianzas, se hacía un banquete y se hacía notar, que como la sal, ellos deberían preservar la paz. E incluso en el terreno religioso también era importante, pues a las víctimas para el sacrificio se les salaba previamente. Y todavía hoy, abundando en la cuestión de la sal, al sueldo de los obreros lo llamamos salario, pues en Roma, la Vía Salaria, era una vía importante por la que se transportaba y llegaba a Roma la sal necesaria para los usos descritos y a los soldados encargados de preservar la seguridad en aquella importante Vía, se les pagaba con pequeñas bolsitas de sal llamadas Salarium Argentum. En Roma la sal se recibía del puerto de Ostia y en Israel era transportada del Mar Muerto y por supuesto que tenía aparejada cierta impureza. De la luz, Cristo se encontraba cada tarde con su madre para asistir a un pequeño ritual, tomar un poco de aceite de la garrafa, para ponerlo en la lámpara de barro, colgarla en el techo y a la luz de aquella lámpara, comentar los sucesos del día, tomar los alimentos de la noche, y orar al Buen Padre Dios. Ya no nos iluminamos con aceite ni con velas pero la luz seguirá siendo siempre símbolo de alegría, de vida, de energía y de contento. Un espacio iluminado es siempre un espacio buscado para estar, para trabajar, para divertirse y para amar.
Por eso Cristo, ya crecido, llegará a decir a sus discípulos y a sus seguidores: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida….” Y además: “Ustedes son la luz del mundo. Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre que está en los cielos”. En un afán de respuesta generosa, hubiéramos querido que Cristo nos pidiera algo más concreto, quizá más difícil, pero tras de esos dos elementos tan sencillos en los que quizá no reparamos, se encierran grandes requerimientos. Los cristianos en el mundo, no quieren protagonismo en su ambiente, como la sal, que no puede comerse a puños pero que hace saborear la comida más sencilla. Así tienen que ser los cristianos, no exigen primeros lugares y si acaso lo hacen es para servir, pero no para ser notados. El Profeta Isaías, varios siglos antes de Cristo, hablaba a su pueblo en el que algunos se habían enriquecido a costa de los demás, y parece que hace el mejor comentario a las palabras de Cristo. Díganme si no: “comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas…cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”.

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