viernes, 11 de febrero de 2011

¿Cómo perfeccionó Cristo las tradiciones y las leyes de sus padres?




Cristo acaba de hablar a los cuatro vientos de sus bienaventuranzas como la única forma de manifestarse como discípulo suyo y seguidor de su nuevo mandato, el del amor.
Y para que no quede duda, ha pedido a los suyos que procedan con amor, manifestándose como sal de la tierra y luz del mundo, de manera que sus acciones sean ya un motivo para alabar al Dios que se acercó a los hombres con una nueva manera de ser: el amor.
Pero a continuación, Cristo quiere aclarar que su mensaje no es una enmienda o una serie de parches a la Antigua Alianza, manifestada en la Ley y los Profetas, dejando a un lado el “cumplimiento” frío de una ley impuesta hasta llegar a una aceptación interna, gozosa, y alegre de la voluntad del Señor resumida en un solo mandato: el amor a Dios y el amor al prójimo.
Y por eso, a manera de ejemplo, pues lo que Cristo nos afirma hoy no es la totalidad de su mensaje, él puntualiza cuatro de sus enseñanzas que para nosotros serán entonces el camino de luz y de verdad, y para quienes lo sigan, está la palabra de San Pablo: “Lo que Dios ha preparado para los que lo aman, ni el ojo ha visto ni el oído ha escuchado, ni la mente del hombre pudo siquiera haber imaginado”.
Cristo comienza así aquellos famosos: “Se dijo a los antiguos… pero yo les digo a ustedes”, y comienza hablando de la vida y del respeto del hermano. “No matarás”, pero hay que entender que esa acción es ya lo exterior de una actitud interior que ha llevado al hombre a atentar contra la vida de su hermano. Ahora Cristo nos pide no pisotear ni ignorar ni despreciar al hermano y a aceptar que todo hombre tiene una dignidad que no le dan sus actos, sino que le viene de lo alto por ser hijo de Dios y miembro de una comunidad que Dios quiere fundar en el amor. Por eso Cristo pretende que cuando se haga ofrenda frente al altar, primero se sienta reconciliado con su hermano.
A continuación, Cristo repara en aquél mandato “no cometerás adulterio”, que dio pie para que los hombres consideraran a la mujer como un simple objeto a su servicio, algo de su propiedad, quedando reducida a muy poca cosa en el mundo. Cristo quiere devolverle a la mujer su dignidad como mujer, como compañera del hombre. Por eso cuando Cristo habla de arrancar el ojo o la mano que nos es ocasión de pecado, Cristo está pidiendo una purificación del corazón porque el Reino ha llegado a nosotros y desde entonces la relación del hombre y la mujer estará fincada en algo más que una simple relación sexual.
En tercer lugar Cristo se fija en la cuestión del divorcio, y pone las cosas en su lugar considerando a la mujer con la dignidad que tuvo desde el principio de la creación, con la altísima mirada sobre la pareja humana llamada a perpetuar la especie humana y llamada también a ser ayuda y sostén sólido y estable en el mundo, fundados en el amor de Cristo a la humanidad.
Y finalmente Cristo pretende que las relaciones entre los hombres, concretamente entre los cristianos sean de tal manera veraces, que no haya necesidad de recurrir al juramento ni menos por el Dios de los cielos. La palabra del cristiano, en un mundo donde todo debe constar por escrito tendría que ser simplemente sí o simplemente no. Es toda una nueva manera de pensar y de actuar la que Cristo nos señala y que él mismo llevó a cabo, entregando su vida en la cruz para ser glorificado junto con todos los que se le entreguen.
El Padre Alberto Ramírez Mozqueda espera tus comentarios en alberami@prodigy.net.mx

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