lunes, 18 de junio de 2012


Dispensen la tardanza, por exceso de paso no tuve teléfono ni internet, pero aquí estamos ya a sus ordenes.

Fuiste creado para amar, con amor del bueno

Domingo 06 de Pascua 2012



México vive una intensa campaña cívica porque pronto elegirá a sus gobernantes. Y los candidatos desfilan haciendo presentes los grandes temas, erradicación de la pobreza, abolición la inseguridad para los hombres y para los pueblos, educación para todo hijo nacido de mujer, implantación de la justicia que sea por igual para pobres y para ricos, para letrados y para incultos, seguridad social aún para los que no tienen trabajo estable, casa para toda familia, iguales oportunidades para hombres y mujeres, erradicación de diferencias por razones de lengua, cultura, raza o religión. Ellos prometen infinitamente más de lo que la Santísima Trinidad en su Divina Providencia tiene destinado en su amor para todos los hombres.

Yo me pregunto, si ellos son los abanderados y los libertadores que resolverán todos los problemas, aun los que humanamente no tienen solución, ¿Qué haremos entonces los cristianos? ¿Rezar? ¿Sólo eso estamos llamados a hacer? ¿Hacer ceremonias y ritos muy bonitos? ¿Peregrinaciones cada vez más numerosas a las grandes basílicas marianas? ¿Sólo eso? ¿Qué no son  esos los enunciados por los que Cristo dio su propia vida y nos mando luchar? ¿Tendrían que ser otros los que ayuden a erradicar la pobreza que a lo mejor nosotros mismos causamos con nuestras injusticias? ¿Otros tendrían que ser los que abolieran el terrorismo, y la violencia causada por el afán de dinero fácil cuando en nuestros hogares se vive situaciones de verdadera injusticia que propician la salida fácil de la droga o el alcohol o el robo? Honradamente siento que somos nosotros, los cristianos los que tendremos que ser los abanderados que claman y trabajan y luchan por la justicia y por el derecho de todos a una condición digna de hijos de Dios en este mundo. Seremos los cristianos y no otros los que contribuyan para que todos tengan esa seguridad que todos deseamos, haciendo lo propio desde la propia familia. Si no, es que no hemos escuchado a Cristo en aquél momento de suprema intimidad, en la última cena cuando declara el grande amor que el Padre nos tiene, y su mismo amor, tan grande como el que le tiene a su Padre al que no le puede negar nada.  Dos grandes amores fundidos en uno sólo, el amor a los hombres.  Pero luego vinieron las consecuencias: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los de destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca...Esto es lo que yo les mando: que se amen los unos a los otros”.  Esa fue la conclusión de Cristo: no el amor a Dios, sino el amor a los hombres, en lo cuál conoceremos que verdaderamente amamos a Dios. El mismo Cristo afirmaba: “Éste es mi mandamiento, que se amen unos a otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos”. De manera que Cristo pide amor, entrega, generosidad, y un amor efectivo, que se vea, que se sienta, que se palpe, que forme comunidad, que forme familia, que forme intimidad, pero que no se quede en la orilla, en la periferia, que llegue a calar,  hasta da la propia vida si eso fuera necesario para lograr esa fraternidad y esa comunidad mundial a la que tenemos que llegar. Ese amor a los demás tendrá que ser no de cualquier manera, a tontas y a locas, hasta que a nosotros se nos ocurra o hasta que pretendamos que ya estamos cansados, que ya hemos hecho nuestra parte, sino hasta dar la propia vida como Cristo lo hizo con cada uno de nosotros. Por eso afirmo que en  esos grandes problemas que nuestro mundo y nuestro México tienen planteados, no podrán ser resueltos sino hasta el momento en que cada cristiano se decida a amar, al lado de todos los cristianos, y de todos los hombres,  para mostrarle al mundo que él amor sí salva, sí redime, sí acerca los unos a los otros, para hacer nuestro mundo más fraternal y humano: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena… Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor: lo mismo que yo cumplo los mandamiento de mi Padre y permanezco en su amor”.

El Padre Alberto Ramírez Mozqueda espera sus comentarios en alberami@prodigy.net.mx




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