lunes, 29 de noviembre de 2010

¿Qué espera el cristiano de la vida y del futuro?


“Cristo, el Verbo Encarnado, mediante su Misterio Pascual, ha sido constituido Señor absoluto de la historia humana. Todo cuando sucede, sin excepción alguna, se encuentra orientado hacia su acción salvífica, pues “la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro”. Él tiene y Él pronunciará la última palabra de la historia en el juicio universal. Palabra salvífica, no catastrófica, que manifestará todo su esplendor en la Jerusalén Celeste. Se trata de la victoria final del amor redentor. Aunque todavía no cumplida en su totalidad, la historia humana necesita recorrer el mismo camino que su Señor, el camino de la cruz: por eso todavía no aparece en su total esplendor. Hemos sido salvados en la esperanza y el Espíritu de Dios que está presente en todos los acontecimientos la llevará a su cumplimiento, no sin nosotros. Como lo señaló San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Los obispos mexicanos, en el Documento que hicieron público para preparar a la celebración de las festividades Patrias, al presentar la visión de la Iglesia sobre la historia, nos han regalado este magnífico párrafo que nos queda como anillo al dedo ahora que estamos celebrando el primer domingo de Adviento. El Señor nos llama a estar vigilantes, porque el Señor vendrá, no con tintes catastróficos, de destrucción, muerte y condenación, sino para mostrar su amor entre los suyos y llevarlos a esa vida nueva que será realmente distinta de ésta en la que los planes salvadores del Señor encuentran muchos opositores, pero que al final serán vencidos porque el Señor de la historia tomará el lugar que le corresponde al frente del Universo mismo.

Tenemos que vivir en la espera. Pero habrá que preguntarnos qué clase de espera es la que debe ocuparnos, pues hay una diferencia enorme entre la espera inútil de los pacientes en la sala del médico, donde no pueden hacer nada más que entretenerse en una conversación sin interés con otros pacientes u hojear revistas médicas especializadas que no se entienden, de la espera del agricultor que ha sembrado su semilla. Éste no puede sentarse tranquilamente mientras las plantas crecen. Hay que abonarlas, regarlas, protegerlas de las inclemencias del tiempo y de los pajarracos. De la misma manera, el cristiano tiene que esperar, pero en la lucha diaria, y en la lucha por hacer que el Reino de Dios se implante en el mundo en el que nos ha tocado vivir. Precisamente los obispos, en el documento señalado, señalan tres prioridades del trabajo que a la Iglesia, a los cristianos y a las gentes de buena voluntad les corresponde:

1º. “Queremos un México en el que todos sus habitantes tengan acceso equitativo a los bienes de la tierra. Un México en el que se promueva la superación y crecimiento de todos en la justicia y la solidaridad: por lo que necesitamos entrar decididamente en un combate frontal a la pobreza”.

2º. “Queremos un México que crezca en su cultura y preparación con una mayor conciencia de su dignidad y mejores elementos para su desarrollo, con una educación integral de calidad para todos”.

3º. “queremos un México que viva reconciliado, alcanzando una mayor armonía e integración en sus distintos componentes sociales y con sus diferentes orientaciones políticas, pero unificado en el bien común y en el respeto de unos y otros”.

Si nos decidimos a aceptar el reto con nuestros obispos, no sólo tendremos un buen Adviento, sino una venturosa Navidad, y daremos los pasos necesarios para unirnos a Cristo en su Pasión, disponiéndonos así a contemplar la luz de la Resurrección.



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