lunes, 12 de abril de 2010

Cristo resucitado es el mejor anfitrión en la playa.



Domingo 3º. Pascua 010

Después de los tormentosos días de Jerusalén, donde les mataron al maestro y amigo, los apóstoles volvieron a la Galilea ideal, donde Cristo los había conocido, donde los había llamado y donde habían sido testigos de la bondad, el cariño y la misericordia de Cristo Jesús con todas las gentes. Galilea era tierra amada de Jesús donde las gentes se le entregaron y lo hicieron objeto de su fe y de su cariño. Es entonces ahí, en la orilla del lago de Galilea, lejos de las formalidades del templo y del cenáculo, donde los apóstoles llegarían a encontrarse nuevamente con el Señor Jesús resucitado.

Recordando sus viejos tiempos, Pedro decidió que iría a pescar y se embarco con los amigos que no quisieron dejarlo solo. Pero fue en vano, no pudieron pescar nada. Y cuando regresaban, vieron en la orilla a un personaje que les era familiar. Fue Juan el que lo reconoció: “Es el Señor”. Y Pedro, luego del reconocimiento, se lanzó decididamente al agua, muy distinto a la otra ocasión en que le pidió a Cristo que lo dejara caminar sobre las aguas y luego se asustó hasta tener que extender sus brazos pidiendo el auxilio del Señor. Cuando desembarcaron, vieron una lumbrera en la que Jesús había preparado con sus propias manos un pan y un pescado para que almorzaran sus “muchachos”. El les pidió que trajeran además algunos de los pescados que habían sacado del lugar que él les había indicado donde encontrarían una pesca abundante. ¡Qué rico debe haber sabido aquél alimento preparado por Cristo Jesús! El mismo fue repartiendo entre los suyos ahí sentados en la playa el alimento calientito que nos recuerda la Eucaristía, el pan sabroso, fruto del amor de Cristo que le llevó a entregar su vida por la salvación de todos los hombres. En esta aparición todo es importante. Cristo no se apareció sólo porque sí, sino que en ese momento, ahí mismo en la playa, haría que quedaran como cosa del pasado las oscuridades del pasado para convertirse en la Luz para todos los seguidores, pero dentro precisamente de la familia que él estaba fundando con aquellas acciones.

Retirándose un poquito, pero no tan lejos como para que el resto de los apóstoles no se enterara, Cristo tomó a Pedro de los hombros, y fue interrogándole muy de cerca sobre su amistad y su amor. Fueron tres veces las que Cristo lo interrogó y Pedro cayó en la cuenta de las tres ocasiones que lo había negado. Recordaría que en esa ocasión él se acercó de noche a intentar calentarse en una fogata prendida por extraños, y ahora estaba cerca de la fogata encendida por Cristo a unos cuántos pasos de él. Con aquél interrogatorio: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro hubo de sellar su amistad, su cariño y su amor a Cristo que lo distinguía de tal manera que lo nombraba como cabeza de su familia: “Señor, tú lo sabes todo, tu bien sabes que te quiero”. Apacienta mis corderos, Pastorea a mis ovejas” fue la respuesta de Jesús que desde entonces lo invitaba a dejar la pesca nocturna que ningún resultado le había dado para convertirse en su comunidad, en su familia, en pescador de hombres, marcando rutas de salvación para todos los suyos. Cristo no dejó de anunciarle que el camino sería duro: “Cuando sean viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”.

Esto nos hace pensar en los días amargos que estará pasando el Papa Benedicto XVI al frente de la familia fundada por Jesucristo, pues si bien la prensa y los medios de comunicación se mostraron pródigos hasta el exceso sobre Juan Pablo II, ahora muestran remisos, raquíticos e incluso adversos en contra del sucesor de Pedro. Como miembros de esta comunidad extendida por todo el universo, no podemos dejar sólo al Pastor de nuestra Iglesia, pues a la verdad, todos vamos en la misma barca y todos los que hemos sido salvados, debemos tener buen cuidado de seguir los pasos de Jesús que quiso darnos la salvación precisamente en el seno de la Iglesia fundada por él.

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