jueves, 26 de enero de 2012

Cristo no fue ningún leguleyo ni picapleitos
















En su vida pública, Jesús no perdió el tiempo, no esperaba que las gentes le buscaran, no estableció un lugar al que ellas debían ir a buscarlo, él tomó la iniciativa e iba a buscarlas donde se encontraran. Y así, inmediatamente, un sábado se dirigió a la sinagoga de Cafarnaúm, un lugar clave, bien situado, en la confluencia de varios caminos que le permitían el contacto con los hombres venidos de distintos lugares. Tomó parte en la asamblea de oración y en la lectura de los textos de la Sagrada Escritura. Él era observante de las costumbres de su pueblo. Escuchó con verdadera atención el mensaje divino. Pero ahí, porque esa era la costumbre, después de la escucha del mensaje, como todo fiel en la sinagoga, se puso a enseñar. No se nos dice en esta ocasión que les enseñó, pero sí refleja Marcos la admiración que causó en los oyentes, pues por una parte “enseñaba como quien tiene autoridad” y por otra, “no como los escribas”. Enseñaba con autoridad, no porque hablara más fuerte, sino con toda prestancia, con una profunda sencillez, liberando a todos los hombres del pecado, del error y de la prepotencia que esclaviza y ata. Pero además, no hablaba a la manera de los escribas, que no solo se las gastaban como teólogos sino incluso como legisladores, simplemente citando textos antiguos, interpretando a su propia manera, que dejaba a los demás sumidos en muchos preceptos, tantos como 6 mil, que dejaban locas a las personas, pues con aquellas normas, se imponían pesadas cargas morales, económicas y sociales, que regulaban toda la vida personal y comunitaria.
Cristo hizo distinguir lo que era Palabra de Dios de los preceptos meramente humanos. Pero ahí ocurrió algo que vino a llenar de admiración a las gentes y a hacer que Jesús y su mensaje empezaran a correr por toda Galilea. Estaba en la sinagoga un hombre tullido poseído por un espíritu impuro, que se puso a gritar y a oponerse a la autoridad de Cristo, casi casi asociado a las autoridades de la sinagoga que se preguntaban que doctrina era la que Jesús estaba llevando. Muchas de las enfermedades de ese tiempo, sobre todo enfermedades psíquicas eran atribuidas a espíritus malignos, a los espíritus del mal, conforme a la mentalidad de ese tiempo, pero Cristo actuó con toda libertad, y ordenando severamente al maligno, le ordenó que Saliera del hombre, que fue sacudido violentamente en ese momento, y dando un fuerte alarido, quedó libre del poder del maligno.
¿Qué serían esos espíritus malignos? Su posesión causaba graves perturbaciones regularmente corporales y psíquicas como mudez, sordera, ceguera, graves parálisis, epilepsia y locura. Cuando Cristo mandó salir al espíritu del poseso, no lo hizo con largas oraciones y con conjuros, ni con ritos mágicos, ni con amuletos. Cristo con el solo imperio de su voz, hizo que aquel espíritu dejara al pobre hombre que no tenía culpa sobre sí, y se vio en un momento libre para siempre del poder del mal. Para nosotros, la consecuencia será el poder confiar en el poder de Cristo sobre el espíritu del mal, que ahora está tanto inmerso en el corazón de los hombres, pero sobre todo agazapado en los centros de poder económico, social, político de sus instituciones, acechando contra la vida y la justa distribución de la riqueza entre todos los hombres, distinguiéndolos entre los que tienen las técnicas de avanzada. A Cristo confiamos el cuidado de nuestro mundo, de nuestras vidas y de nuestras personas.

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