domingo, 23 de mayo de 2010

¡La Santísima Trinidad secuestrada en México!

Domingo de la Santísima Trinidad.

En cuanto se supo que la Trinidad bajaría a la tierra y tocaría México, inmediatamente comenzaron a agruparse los movimientos que atraerían las miradas de todo el mundo hacia nuestra patria con su secuestro, pues el rescate sería de proporciones infinitas y la fama que les acarrearía sería también sin límites.

El día esperado llegó y el primero que apareció fue el Padre Dios que a pesar de su inmenso poder, de haber creado este mundo inmenso y maravilloso, bello, ordenado y atrayente, de haber sido el creador de todos los hombres, se presentó con un rostro amable, sencillo, atrayente y con una mirada que el mejor de los padres de la tierra nunca conseguirían imitar. No pronunció palabra, pero con sus brazos abiertos, invitando a todos a acercarse, desarmó a los primeros escuadrones, que cayeron de rodillas vencidos por tanta bondad y tanta ternura como demostraba en su mirada, en su acogida y en su caminar lento y seguro paseándose entre todos los hombres. Era irresistible su presencia. Su mirada era fulgurante pero atraía sin poder separarse más de él. Los que se imaginaban un Dios distante, lejano, achacoso y cansado por el tiempo, se encontraron todo lo contrario. Era un Dios atrayente, vivo y sobre todo con una actitud paternal, que en un instante se ganó la confianza de muchos de los que había acudido con armas y tanques y bombas y cañones, que no pudieron ser utilizados.

En seguida apareció el Hijo, Cristo Jesús, con una presencia serena, atrayente, ataviado con una túnica blanca que trasluciente, dejaba ver la huella de una herida profunda hecha por una lanza en su costado. Y en sus manos, se veían también las huellas de los clavos de donde los hombres lo habían colgado de una cruz. Pero ni el huella de su costado ni las de las manos despedían sangre, sino perfume, fragancia y con sus brazos que querían abrazar a todo mundo, pudo ganarse a cuantos confiaban en él y se le entregaban. Detrás de su persona, destacaba la cruz, que resaltaba más su persona, su vida y su misión. Su mirada, como la del Buen Padre Dios solo reflejaba amor, entrega y generosidad. Su misión de congregar a todos los hombres en un solo pueblo se logró hasta que él regresó después de su trágico destino, convertido en el primero de los hombres, que abriría las puertas de la eternidad a todos ellos. Muchos de los que habían ido a aprenderles, se desprendieron de sus armas y se dispusieron a ser amigos, discípulos y seguidores del Cristo Hijo de Dios.

Cuando anunciaron por los altavoces la presencia del Espíritu Santo, nadie vio la entrada de nadie, sólo apareció una paloma, pero todos pudieron percibir un perfume y una fragancia que no lo igualaba ni el mejor de los perfumes franceses, y se sintió al momento un cálido afecto que animaba a todos a saludarse, a darse la mano, a perdonarse, y a acercarse aún a los enemigos para mostrar complacencia, agrado y acogida. En este ambiente de cálido amor que permitía hablar un solo idioma, aunque las lenguas maternas fueran distintas, los que aún conservaban el deseo de hacerse famosos con el secuestro, dejaron caer estrepitosamente sus armas al suelo y se dispusieron a seguir al Padre y al Hijo que se parecían tremendamente al grado de que el que veía a uno, tenía la impresión de estar viendo al otro. Y eso hizo que todos recordaran lo que se decía del Espíritu Santo: “Ven, luz santificadora, y entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran”. De pronto, todos comprendieron que seguir las huellas de la Trinidad, invitarla al fondo del alma, era el momento en que toda la humanidad podía sentirse por primera vez y para siempre, un solo pueblo, con una sola alma y con un solo destino, el seno precisamente de la santísima Trinidad que desde entonces ya no sería un dogma frío, sino la presencia de un Dios todo amor, todo cariño y todo acogida para todos los hombres.

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Cristo se pasea entre los jóvenes y los levanta de sus indecisiones.

Domingo décimo ordinario 010

Las gentes que acompañaban a Jesús percibían en él frescura, acogida y un deseo de ser mejores. Sobre todo la gente sencilla de Galilea, no temían acercarse a él, y es más, lo seguían hasta el pueblo vecino, cuando hubieron escuchado su palabra. Una ocasión, ocurrió precisamente, que yendo de camino hacia un pequeño pobladito llamado Naím, de pronto, a la vuelta del camino, mientras la multitud que rodeaba a Cristo cantaba, se encontraron con otro grupo también numeroso, pero en los que no había cantos ni alegría. Todo lo contrario. Era un grupo de gente que iba a enterrar al hijo único de una viuda, que en plena juventud se había despedido de este mundo. Era la última vez que las gentes se interesarían por aquella pobre mujer, pues a las viudas les estaba destinado un negro porvenir, ya sin la protección de la propia familia y sin la presencia del marido, estaban destinada a mendigar de puerta en puerta o a la salida de la gente que se congregaba los sábados en la sinagoga.

Cristo pensó inmediatamente en su pobre madre, que un poco después, ya viuda, cuando él muriera, también quedaría desamparada y sin consuelo, aunque aún quedaba la esperanza de encargarla con alguno de los discípulos que él consideraba más fieles. No pudo resistir Cristo en acercarse a la pobre viuda, y consolarla sobre su pecho, mientras le decía: “No llores”. Era el hombre Jesús el que hablaba y que produjo un consuelo sin límites en aquella mujer, pero dado que también era el Hijo de Dios, retirándose un poco de la mujer, hizo que los que llevaban el cadáver se detuvieran, pusieran el féretro en suelo, y luego con una sencillez asombrosa, dirigiéndose al muchacho le ordenó: “Joven, a ti te lo digo, levántate”. El muchacho, presa de una gran sorpresa, y sin darse cuenta total de lo que pasaba, sólo se acordaba del dolor de cabeza que le aquejaba y que le hizo perder el sentido. No recordaba más. Y ahora se encontraba en medio del círculo formado por los dos grupos que se habían encontrado en medio del camino. Jesús, cortando el desconcierto del joven, lo tomó de la mano, y lo entregó a la madre que tampoco cabía de asombro y de alegría. El abrazo entre madre e hijo conmovió a todos los presentes, que por mucho tiempo recordaron lo acaecido ese día, y lo divulgaron ampliamente por toda la comarca. Las miradas se dirigieron a Jesús que tranquilamente siguió su camino, buscando llevar a todas las gentes la palabra salvadora.

El grito de Cristo para los jóvenes de hoy queda ahí: “Joven, a ti te lo digo, levántate”. A los muchachos que se dejaron llevar por el espejismo de las drogas y del alcohol, pensando que ahí encontrarían el paraíso terrenal, Cristo los invita a levantarse, a darle un nuevo sentido a la vida sabiendo que hay por qué vivir. A los jóvenes que han disfrazado el sexo con una paletada superficial de amor, también los invita a levantarse, y a considerar que el cuerpo de él o de ella, no es una máquina de placer o de erotismo, sino una persona con sentimientos, y con un destino sobrenatural. A los jóvenes que quieren gozar de su libertad a toda costa, aún pasando sobre la dignidad de los padres y de cualquier autoridad, Cristo los invita a dar un nuevo sentido a su convivencia entre los hombres, dando a cada uno un trato digno de hijos de Dios y a la sociedad misma el respeto para el ambiente donde todos nos desarrollamos. Y a los jóvenes que se han separado de la Iglesia, de los sacramentos y de la misma fe, para caer en aberraciones, en supersticiones disfrazadas de una ciencia aparente, Cristo los invita a levantarse y reincorporarse a las gentes que en medio de dificultades e incomprensiones, han hecho del encuentro con Cristo, un motivo de esperanza y de paz en nuestro mundo. Y a los que ya no somos jóvenes, también a nosotros nos invita el Señor a renovar nuestra juventud asociándonos a Cristo que renueva nuestro corazón para una mayor entrega cada día a la superación de este mundo que se debate en la soledad, en la inseguridad y en el aislamiento. “Joven, a ti te lo digo, levántate”.

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Todos llevamos dentro un fariseo justo y una pecadora
Domingo 11 ordinario 010

Hace poco me recordaron algo que viví en una ciudad a la que fui de misión. Habíamos acabado una misión con mucho éxito y terminamos en la calle con una misa de acción de gracias sumamente concurrida. Mucha gente había recibido el sacramento de la Reconciliación y se notaba un ambiente de alegría y de fiesta. Cuando ya me despedía y a punto de tomar el auto pues me esperaba en seguida otro compromiso, se acercó a mí una mujer que se veía que había sufrido mucho. Quería que la confesara. Juzgue que no había tiempo, además que habían tenido todas las oportunidades para confesarse. Y la invité a que me visitara al día siguiente por la tarde para atenderla tranquilamente. Pero en seguida me dijo: “Padre, y si usted tuviera un hijo al que se le hubiera atorado un hueso. ¿Lo citaría para sacárselo al día siguiente? Eso me convenció y con mucha alegría, ahí mismo en el coche, hizo una bonita y sentida confesión. Esto me ha hecho recordar lo que hizo Cristo una vez en casa de un fariseo que lo había invitado a comer. Para entender lo que ocurrió, hay que pensar en algunos detalles que nos harán comprender lo que los hombres de tiempos de Cristo pensaban sobre las mujeres y sobre todo de las mujeres que consideraban pecadoras. El primero se le atribuye al rabino Judá Ben Llay que decía que diariamente le daba gracias a Dios por tres cosas: “porque no me hiciste pagano, porque no me hiciste mujer y porque no me hiciste inculto”. Otro detalle, para que en las sinagogas de los pueblos pudiera comenzar la sesión, se necesitada por lo menos una docena de hombres, aunque ya estuvieran veinte o treinta mujeres reunidas. Por otro lado un rabino no trataba ni con mujeres ni con niños. Nunca se podían aceptar para fines sagrados, los dones de una mujer prostituta, y finalmente se decía que para todo trato entre un justo y una prostituta, había que mantener una distancia de dos metros.
Todos esos detalles nos harán comprender lo inusitado e inaudito de las acciones de Cristo que permitió que una mujer se le acercara, sin ser invitada en casa precisamente de Simon el fariseo que lo había invitado a comer. La mujer, tomando a todos por sorpresa, ungió los pies del Maestro con un perfume muy costoso y los secó con su cabellera. El fariseo, que se creía justo, sólo por que cumplía ciertos preceptos, ya se sentía mejor que los demás, capaz de juzgarlos y condenarlos, pero no de amarlos y respetarlos, ni de tener una actitud nueva con Dios, quedándose con su ridícula moralidad, sin aceptar plenamente a Cristo ni su mensaje. Él se atrevió entonces, a condenar a la mujer, por su atrevimiento de entrar a su casa, por su gesto de liviandad y de paso juzgó a Jesús que había permitido que le trataran de esa manera. Sin embargo, aquella mujer quedó perdonada y fue premiada con el amor de Jesús. El fariseo no. Todavía San Lucas agrega, para gozo nuestro que en la comitiva, entre las gentes que seguían a Jesús por los pueblos, había mujeres, que incluso le ayudaban con sus bienes a la manutención de los seguidores más cercanos. ¡Bien por Cristo que se decidió a levantar de su postración a las mujeres, dándoles el lugar que les corresponde cerca del hombre y que les devolvió su dignidad y el respeto que debemos a la mujer, compañera del hombre! Que a nadie se nos ocurra entonces despreciar a una mujer sólo porque es mujer.
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¿Un sostén humano para la vida divina de Cristo?
Domingo 12 ordinario 010

Todos necesitamos sostenes en la vida. Cristo lo encontraba merecidamente en la oración. Así se sentía a sus anchas en las manos del Buen Padre Dios. Ahí daba rienda suelta a sus sentimientos, y encontraba acogida y respuesta del que lo había enviado entre los hombres. Pero siendo hombre, al fin y al cabo, hubo un momento en que se decidió a buscar respuesta en los corazones de los hombres, sus propios discípulos. De hecho, nosotros aprendemos mucho cuando nos atrevemos a preguntarles a los que nos conocen por nuestra propia actitud. Ellos nos dan datos que pueden ser altamente enriquecedores para nuestra vida. Cristo llevaba días cavilando sobre su propio futuro. Se acercaba el momento de dejar Galilea, su queridísima Galilea que le había dado tantos triunfos y tantas satisfacciones, había que dar un paso más. Por eso se atrevió a encarar a sus apóstoles sobre su propia persona y no tanto ya sobre su propia actuación: ¿Quién dice la gente que soy yo? Y las respuestas comenzaron a llegar: no eran muy precisas. Lo consideran un gran profeta y nada más. Y por eso los vuelve a interrogar: “¿Y ustedes quién dicen que soy yo?”. Pedro, impetuoso como siempre, les arrebata la palabra a sus compañeros y responde prestamente: “Tú eres el Mesías de Dios”. Es interesante como Jesús acepta de inmediato la respuesta, pero curiosamente les pide no sólo a Pedro sino al resto de los discípulos que no lo divulguen, porque como decimos hoy, “lo quemarían” porque hablar en esos tiempos de un Mesías, sería hablar de un libertador de tipo político, que echara fuera a los romanos y le diera al pueblo la ansiada libertad. Ese no era su papel, eso lo tendrían que hacer otros y a su debido tiempo. Él tendría que poner su vida en manos de los hombres, que lo tomarían ciertamente de una manera violenta, para quitarse ese dolor de cabeza que se les había metido precisamente a los que lo consideraban un enemigo de su fe, de su religión y de su patria. Su entrega no sería a la manera de las clásicas tragedias griegas, sino una entrega voluntaria, pues aunque sabía que todo se volvería en contra suya, siempre le quedaría el consuelo y la aceptación de su Padre Dios. Pero había que fincar las bases de su futura familia y de sus seguidores, y por eso les pide que todos los que quieran seguirle, lo hagan de la misma forma, con una cruz al hombro y con un convencimiento muy grande en el corazón de que su entrega no les llevaría nunca al fracaso sino a la luz, al perdón, a la gracia, y a la vida nueva.
Hoy, Cristo nos vuelve a interrogar hoy a cada uno de nosotros: “¿Quién soy yo para ti?”, pero la respuesta que Cristo está esperando no es una respuesta aprendida allá en los años remotos del catecismo, sino una respuesta que abarque tu vida misma, ahí donde tomas tus grandes determinaciones, ahí donde decides sobre tus pensamientos, tus deseos, ahí donde te encuentras con las personas, ahí donde pretendes encontrarle sentido a tu vida, con esa respuesta Cristo quiere contar contigo. ¿Lo harás? ¿Caminarás al lado de Cristo y lo considerarás el gran amigo de tu vida? ¿Será en él en el que encuentres seguridad, paz y alegría para el camino?
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