lunes, 5 de septiembre de 2011

¿Habrá cosa más difícil sobre la tierra que el perdón?




¿Habrá cosa más difícil sobre la tierra que el perdón? ¿Pero habrá algo más grande que nos llene de paz, de alegría, que nos haga crecer como personas y nos asemeje al Dios que se complace en el bien de los hombres? Con razón el Salmo 102 canta: “Como desde la tierra hasta el cielo, así es grande su misericordia: como un padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama”.
Pedro, buen judío al fin y al cabo, le preguntó a Jesús que si en el colmo de su generosidad podría contentarse con perdonar hasta siete veces, pero entonces Jesús nos manifestó que el perdón tiene que darse sin medida, sin taza, sin tarifa: “hasta setenta veces siete” y para que no quedara ninguna duda, nos regaló con una de sus parábolas en la que nos habla de la bondad sin límites de nuestro Padre Dios, (Mt 18. 21-35) con la única condición acuñada en el Padre nuestro: “perdona nuestros pecados como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
Buenos hijos de nuestro tiempo, ya estamos fabricando imitaciones del perdón:
“El que la hace, la paga”, tiene que aprender para que no vuelva a hacerlo, y que se le castigue “con todo el rigor de la ley”, sin tomar en cuenta las circunstancias de la persona, ni su arrepentimiento. Lo importante es que se cumpla la ley.
“Olvido pero no perdono”, será como una herida que aparentemente ya cerró, pero por dentro queda el veneno, el pus que puede brotar en cualquier momento y con cualquier circunstancia, olvidando que el perdón no es un vago sentimentalismo, sino un acto expreso de la voluntad del hombre, y el móvil será siempre el amor para que sea auténtico perdón.
“Perdono pero no olvido”, por lo tanto, no lo vuelvas a hacer, no te me pongas por enfrente, la próxima vez no respondo y recuerda que yo tengo el recibo de lo que me hiciste y puedo presentártelo en el momento que yo quiera. Es colocar una espada sobre la cabeza del que nos ofendió.
“Te perdono para que veas que soy bueno” donde lo que importa es la propia tranquilidad, la autosatisfacción, que el verdadero perdón que al otro le daría la oportunidad de crecer y de colocarse junto a nosotros a la misma altura.
En contraste ya podemos así, preguntarnos cómo es el perdón de Dios sobre nosotros:
TOTAL, no a plazos, no con reticencias o con recovecos, como Cristo con los que lo clavaban en la cruz. Los perdono, y los disculpó: Perdónalos porque no saben lo que hacen.
INCONDICIONAL, sin condiciones ni antes ni después del perdón. Como el padre del hijo pródigo, que no da tiempo incluso para que el hijo le presente sus excusas.
Como una APUESTA, pues Dios no quiere recelar de sus hijos, sino confiar plenamente en ellos y en su reivindicación. Busca siempre el bien del hombre, y no su muerte.
HUMANIZADOR, pues Dios se ofrece totalmente, restituyendo al hombre la propia dignidad, restableciendo la buena armonía con los hombres y con la sociedad. El hombre no caminará más tiempo solo, Dios lo toma bajo su cuidado y su protección. ¡Que así sea desde ahora el perdón para nuestros hermanos, como el perdón de nuestro Padre Dios!
El Padre Alberto Ramírez Mozqueda espera sus comentarios en alberami@prodigy.net.mx

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